destellaba en sus bordes. Como Moon-Watcher no había topado nunca con hielo, ni agua
cristalina, no había objetos naturales con los que pudiese comparar aquella aparición.
Ciertamente era más bien atractiva, y aunque él tenía por costumbre ser
prudentemente cauto ante la mayoría de las novedades, no vacilo mucho antes de
encaramarse a ella. Y como nada sucedió, tendió la mano y sintió una fría y dura
superficie.
Tras varios minutos de intenso pensar, llegó a una brillante explicación. Era una roca,
desde luego, y debió haber brotado durante la noche.
Había muchas plantas que lo hacían así... objetos blancos y pulposos en forma de
guijas, que parecían emerger durante las horas de oscuridad. Verdad era que eran
pequeñas y redondas, mientras que esta era ancha y de agudas aristas; pero filósofos
más grandes y modernos que Moon-Watcher estarían dispuestos a pasar por alto
excepciones igualmente sorprendentes a sus teorías.
Aquella muestra realmente soberbia de pensamiento abstracto condujo a Moon-
Watcher, tras sólo tres o cuatro minutos, a una deducción que puso inmediatamente a
prueba. Las blancas y redondas plantas- guijas eran muy sabrosas (aunque había unas
cuantas que producían una violenta enfermedad). ¿Quizás ésta grande...?
Unas cuantas lamidas e intentos de roer le desilusionaron rápidamente. No había
ninguna alimentación en ella; por lo que, como mono-humanoide juicioso, prosiguió en
dirección al río, olvidándolo todo sobre el cristalino monolito, durante la cotidiana rutina de
chillar a los Otros.
El forrajeo era muy malo, hoy, y la tribu hubo de recorrer varias millas desde las cuevas
para encontrar algún alimento. Durante el despiadado calor del mediodía una de las
hembras más frágiles se desplomó víctima de un colapso, lejos de cualquier posible
refugio. Sus compañeros la rodearon arrullándola alentadoramente, mas no había nada
que pudieran hacer. De haber estado menos agotados, podían haberla transportado con
ellos; pero no les quedaba ningún excedente de energía para tal acto de caridad. Por lo
tanto, hubieron de abandonarla para que se recuperase con sus propios recursos, o
pereciese. En el recorrido de vuelta al hogar pasaron al atardecer por el lugar donde se
depositaban los cadáveres; no se veía en él ningún hueso.
Con la última luz del día, y mirando ansiosamente en derredor para precaverse de
tempranos cazadores, bebieron apresuradamente en el riachuelo, comenzando
seguidamente a trepar a sus cuevas. Se hallaban todavía a cien metros de la nueva roca
cuando comenzó el sonido.
Era apenas audible, pero sin embargo los detuvo en seco, quedando paralizados en la
vereda, con las mandíbulas colgando flojamente. Una simple y enloquecedora vibración
repetida, salía expelida del cristal, hipnotizando a todo cuando aprehendía en su
sortilegio. Por primera vez -y la última, en tres millones de años- se oyó en Africa el
sonido del tambor.
El vibrar se hizo más fuerte y más insistente. Los mono-humanoide comenzaron a
moverse hacia adelante como sonámbulos, en dirección al origen de aquel obsesionante
sonido. A veces daban pequeños pasos de danza, como si su sangre respondiese a los
ritmos que sus descendientes aún tardarían épocas en crear. Y completamente
hechizados, se congregaron entorno al monolito, olvidando las fatigas y penalidades del
día, los peligros de la oscuridad que iba tendiéndose, y el hambre de sus estómagos.
El tamborileo se hizo más ruidoso, y más oscura la noche. Y cuando las sombras se
alargaron y se agotó la luz del firmamento, el cristal comenzó a resplandecer.

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