toda responsabilidad; hasta que alcanzaran Saturno, el mundo exterior no existía para
ellos.
Pero aquel mundo estada vigilándolos, a través de sus dispositivos biosensores, a un
lado de la masa de instrumentos del puente de mando, había cinco pequeños paneles con
los nombres de HUNTER, WHITEHEAD, KAMINSKI, POOLE, BOWMAN. Los dos últimos
estaban en blanco; no les llegaría el turno hasta dentro de un año. Los otros presentaban
constelaciones de minúsculas lucecitas verdes, anunciando que todo iba bien; y en cada
uno de ellos había una pantalla a través de la cual una serie de relucientes líneas
trazaban los pausados ritmos que indicaban el pulso, la respiración y la actividad cerebral.
Había veces en que Bowman, dándose cuenta de lo innecesario que aquello era -pues
si algo iba mal, sonaría al instante el timbre de alarma- conectaba el dispositivo auditivo.
Y, semihipnotizado, escuchaba los latidos infinitamente lentos del corazón de sus
durmientes colegas, manteniendo los ojos fijos en las perezosas ondas que atravesaban
en sincronismo la pantalla.
Lo más fascinante de todo eran los trazados del electroencefalograma... las señales
electrónicas de tres personalidades que existieron, y que un día volverían a existir.
Estaban casi exentas de los ascensos y los descensos, aquellos altibajos
correspondientes a las explosiones eléctricas que señalaban la actividad del cerebro en
vela... o hasta del cerebro en sueño normal. De subsistir cualquier chispa de conciencia,
se hallaba más allá del alcance de los instrumentos, y de la memoria.
Bowman conocía este hecho por experiencia personal. Antes de haber sido escogido
para esta misión, habían sido sondeadas sus reacciones a la hibernación. No estaba
seguro si había perdido una semana de su vida... o bien si se había pospuesto su muerte
por el mismo lapso de tiempo. Cuando le fueron aplicados los electrodos a la frente, y
comenzó a latir el generador de sueño, había visto un breve despliegue de formas
caleidoscópicas y derivantes estrellas. Luego todo se había borrado, y la oscuridad le
había engullido. No sintió nunca las inyecciones, y menos aún el primer toque de frío al
ser reducida la temperatura de su cuerpo a sólo pocos grados sobre cero... Despertó, y le
pareció que apenas había cerrado los ojos. Pero sabía que era una ilusión; como fuera,
estaba convencido de que habían transcurrido realmente años.
¿Había sido completada la misión? ¿Habían alcanzado ya Saturno, efectuado su
inspección y puestos en hibernación? ¿Estaba allí la Discovery II, para llevarlos de nuevo
a la Tierra?
Estaba como ofuscado, como envuelto en la bruma de un sueño, incapaz en absoluto
de distinguir entre los recuerdos falsos y reales. Abrió los ojos, pero había poco que ver,
excepto una borrosa constelación de luces que le desconcertaron durante unos minutos.
Luego se dio cuenta de que estaba mirando a unas lámparas indicadoras, pero como
resultaba imposible enfocarlas, cesó muy pronto en su intento.
Sintió el soplo de aire caliente, despejando el frío de sus miembros. Una queda pero
estimulante música brotaba de un altavoz situado detrás de su cabeza, la cual fue
cobrando un diapasón cada vez más alto...
De pronto una voz sosegada y amistosa -pero generada por computadora- le habló.
- Está usted activándose, Dave. No se incorpore ni haga ningún movimiento violento.
No intente hablar.
¡No se incorpore!, pensó Bowman. Eso era ridículo. Dudaba de poder siquiera contraer
un dedo. Pero más bien con sorpresa, vio que podía hacerlo.
Se sintió lleno de contento, en un estado de estúpido aturdimiento. Sabía vagamente
que la nave de rescate debía de haber llegado, que había sido disparada la secuencia

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