Había comenzado, hacía cinco años, con el nombre de Proyecto Júpiter... el primer
viaje tripulado de ida y vuelta al mayor de los planetas. La nave estaba casi lista para el
viaje de dos años cuando algo bruscamente, había sido cambiado el perfil de la misión.
La Discovery iría a Júpiter, en efecto, pero no se detendría allí. Ni siquiera aminoraría
su velocidad al atravesar el lejano sistema de satélites jovianos. Por el contrario, debería
utilizar el campo gravitatorio del gigantesco mundo como una honda para ser arrojada aún
más allá del Sol. Como un cometa, atravesaría rápida los últimos límites del Sistema S olar
en dirección a su meta última, la anillada magnificencia de Saturno. Y nunca volvería.
Para la Discovery, sería un viaje de ida tan sólo, pero sin embargo, su tripulación no
tenía intención alguna de suicidarse. Si todo iba bien, regresarían a la Tierra dentro de
siete años... cinco de los cuales pasarían como un relámpago en el tranquilo sueño de la
hibernación, mientras esperaban el rescate por la aún no construida Discovery II.
La palabra "rescate" era evitada cuidadosamente en los informes y docume ntos de las
Agencias Astronáuticas; implicaba algún fallo de planificación, por lo que la jerigonza
aplicada era "recuperación". Si algo iba realmente mal, a buen seguro que no habría
esperanza alguna de rescate, a más de mil millones de kilómetros de la Tierra.
Era un riesgo calculado, como todos los viajes a lo desconocido. Pero después de
medio siglo de investigación, la hibernación humana artificialmente inducida, había
demostrado ser perfectamente segura, y esto había abierto nuevas posibilidades al viaje
espacial.
No habían sido explotadas al máximo, empero, hasta esta misión.
Los tres miembros del equipo de inspección, que no serían necesarios hasta que la
nave entrase en su órbita final en torno a Saturno, dormirían durante todo el viaje exterior.
Así se ahorrarían toneladas de alimentos y otros gastos; y lo que era casi tan importante,
el equipo estaría fresco y alerta, y no fatigado por el viaje de diez meses, cuando entrase
en acción.
La Discovery entraría en una órbita de aparcamiento en torno a Saturno, convirtiéndose
en una nueva luna del planeta gigante.
Describiría una elipse de más de tres millones de kilómetros, que la llevaría junto a
Saturno, y luego, a través de las órbitas de todas sus lunas principales. Tendrían cien días
para trazar cartas y estudiar un mundo cuya superficie era ochenta veces mayor que la de
la Tierra, y estaba rodeado por un séquito de lo menos quince satélites conocidos... uno
de los cuales era tan grande como el planeta Mercurio.
Habría allí maravillas suficientes para siglos de estudio; la primera expedición sólo
podría llevar a cabo un reconocimiento preliminar. Todo cuanto se encontrara se enviaría
por radio a la Tierra; aun si no volvieran nunca los exploradores, sus descubrimientos no
serían perdidos.
Al final de los cien días, la astronave Discovery concluiría su misión. Toda la tripulación
sería sometida a la hibernación; sólo los sistemas esenciales continuarían operando,
vigilados por el incansable cerebro electrónico de la nave. Ella continuaría girando en
torno a Saturno, en una órbita tan bien determinada ahora, que los hombres sabrían
exactamente donde buscarla dentro de mil años. Pero en sólo cinco, de acuerdo con los
planes establecidos, llegaría la Discovery II. Aunque pasaran seis, siete u ocho años, los
durmientes pasajeros no conocerían la diferencia. Para todos ellos, el reloj se habría
parado, como se había parado ya para Whitehead, Kaminski y Hunter.
A veces Bowman, como primer capitán de la Discovery, envidiaba a sus tres colegas,
inconscientes en la helada paz de la hibernación. Ellos estaban libres de todo fastidio y

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