T.M.A.-1, y siguiese permaneciendo un misterio eterno, el Hombre sabía que no era único
en el Universo. Aunque no se hubiese encontrado en millones de años con quienes
estuvieron una vez aquí, ellos podrían volver; y si no, bien pudieran ser otros. Todos los
futuros debían de contener ya tal posibilidad.
Se hallaba aún Floyd rumiando estos pensamientos, cuando el micrófono de su casco
emitió de súbito un penetrante chillido electrónico, como una señal horaria
espantosamente sobrecargada y distorsionada. Involuntariamente, intentó taparse los
oídos con los guantes espaciales de sus manos; recuperóse luego, y tanteó
frenéticamente el control de su receptor. Y mientras se tambaleaba, cuatro chillidos más
estallaron del éter... y luego hubo un compasivo silencio.
En todo el contorno del cráter, había figuras en actitudes de paralizado asombro. "Así,
pues, no se trata de una avería de mi aparato -se dijo Floyd -. Todos oyeron esos
penetrantes chillidos electrónicos."
Al cabo de tres millones de años de oscuridad, T.M.A.-1 había saludado al alba lunar.



14 ­ Los oyentes


Ciento cincuenta millones de kilómetros más allá de Marte, en la fría soledad donde
hombre alguno no había aún viajado, el Monitor 79 del espacio profundo derivaba
lentamente entre las enmarañadas órbitas de los asteroides. Durante tres años había
cumplido intachablemente su misión... habiendo de rendirse tributo a los científicos
americanos que lo habían diseñado, a los ingenieros británicos que lo habían construido y
a los técnicos rusos que lo habían lanzado. Una delicada tela de araña de antenas
captaba las ondas transitorias de radio... el incesante crujido y silbido de lo que Pascal, en
una edad mucho más simple, había denominado ingenuamente "el silencio eterno de los
espacios infinitos". Detectores de radiación notaban y analizaban los rayos cósmicos
procedentes de la Galaxia y de puntos más allá; telescopios neutrónicos y de rayos X
avizoraban extrañas estrellas que ningún ojo humano vería siquiera; magnetómetros
observaban las rachas y huracanes de los vientos solares, al lanzar el Sol ráfagas de
tenue plasma a un millón y medio de kilómetros por hora a la cara de sus hijos, que
giraban a su alrededor. Todas estas cosas, y muchas otras, eran pacientemente anotadas
por el Monitor 79 del espacio profundo, y registradas en su cristalina memoria.
Una de sus antenas, por uno de los milagros ya corrientes de la electrónica, estaba
apuntada siempre a un punto cercano al sol, cada pocos meses podía haber sido visto su
distante blanco, de haber habido un ojo cualquiera para mirar, como una brillante estrella
con una compañera próxima y más débil; pero la mayor parte del tiempo estaba perdida
en el resplandor solar.
Cada veinticuatro horas, el monitor enviaría a aquel lejano planeta Tierra la información
que había almacenado pacientemente, pulcramente empaquetada en un impulso de cinco
minutos. Aproximadamente un cuarto de hora después, ese impulso alcanzaría su
destino, viajando a la velocidad de la luz. Las máquinas destinadas al efecto le estarían
esperando; ampliarían y registrarían la señal, y la añadirían a los miles de kilómetros de
cinta magnética almacenada en los sótanos de los Centros Mundiales del Espacio en
Washington, Moscú y Canberra.
Desde que orbitaran los primeros satélites, hacía unos cincuenta años, billones y
trillones de impulsos de información habían estado llegando del espacio, para ser
almacenados para el día en que pudieran contribuir al avance del conocimiento. Sólo una

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