treinta y cinco metros de la cabeza de Floyd, pareció súbitamente lanzar una llamarada, al
prender en ella los primeros rayos del oculto sol.
Esperaron a que el supervisor del proyecto y dos de sus asistentes emergieran de la
cámara reguladora de presión, y seguidamente se encaminaron lentamente hacia el
cráter. Para cuando lo alcanzaron, se había trazado un arco de insoportable
incandescencia sobre el horizonte oriental. Aunque pasaría más de una hora antes de que
el sol iluminase el borde de la lentamente giratoria luna, las estrellas ya habían sido
borradas.
El cráter se hallaba aún en sombras, pero los proyectores dispuestos en su borde
iluminaban brillantemente el interior. Mientras Floyd descendía lentamente la rampa, en
dirección al negro rectángulo, sintió una sensación no sólo de pavor sino de desamparo.
Allí, en el mismo portal de la Tierra, el hombre se encontraba enfrentando a un misterio
que acaso nunca sería resuelto. Hacía tres millones de años, algo había pasado por allí,
había dejado el desconocido y quizás irreconocible símbolo de su designio, y había vuelto
a los planetas... o a las estrellas.
La radio del traje de Floyd interrumpió su ensueño.
- Al habla el supervisor del proyecto. Si se alinean todos de este lado, podríamos tomar
unas fotos. Doctor Floyd, haga el favor de situarse en el centro... doctor Michaels...
gracias... Nadie excepto Floyd parecía pensar que hubiese algo divertido en aquello. Muy
sinceramente, el tenía que admiir que estaba contento de que alguien hubiese traído un
t
aparato fotográfico; la fotografía sería histórica, y deseaba reservarse unas copias.
Esperaba que su cara pudiese ser claramente visible a través del casco del traje.
- Gracias, caballeros - dijo el fotógrafo, después de que hubieron posado, un tanto
engreídos, frente al monolito, y hubiese hecho aquel una docena de tomas -. Pediremos a
la sección fotográfica de la Base que les envíe copias.
Seguidamente, Floyd dirigió toda su atención a la losa de ébano... andando lentamente
en su derredor, examinándola desde cada ángulo, intentando imprimir su singularidad en
su mente. No esperaba encontrar nada, pues sabía que cada centímetro cuadrado había
sido sometido ya a un examen microscópico.
El perezoso sol se había alzado ya sobre el borde del cráter, y sus rayos estaban
derramándose casi de flanco sobre la cara oriental del bloque, el cual parecía absorber
cada partícula de luz como si nunca se hubiese producido.
Floyd decidió intentar un simple experimento; se situó entre el monolito y el sol, y buscó
su propia sombra sobre la tersa lámina negra. No había ninguna huella de ella. Lo menos
diez kilovatios de duro calor debían estar cayendo sobre la losa; de haber algo en su
interior, debía estar cociéndose rápidamente.
¡Cuán extraño!, pensó Floyd, permanecer aquí mientras que ese... ese objeto está
viendo la luz del día por primera vez desde que comenzaron en la Tierra los períodos
glaciales. ¿Por qué su color negro?, preguntóse de nuevo, era ideal, desde luego, para
absorber la energía solar. Pero desechó al punto ese pensamiento; pues, ¿quién sería lo
bastante loco para enterrar un ingenio de potencialidad solar a siete metros bajo el suelo?
Miró arriba a la Tierra, que comenzaba a desvanecerse en el firmamento mañanero.
Sólo un puñado de los seis mil millones de personas que la habitaban sabían de este
descubrimiento; ¿cómo reaccionaría el mundo ante las noticias, cuando finalmente se
divulgaran?
Las implicaciones políticas y sociales eran inmensas; toda persona de verdadera
inteligencia -cualquiera que mirara un poco más allá de su nariz- hallaría sutilmente
cambiados su vida, sus valores y su filosofía. Aun cuando nada fuese descubierto sobre

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