Nunca lo había logrado, y ahora era bastante viejo para comprender porqué. En primer
lugar, desde luego, debía hallar un árbol lo suficientemente alto para trepar a él.
A veces contemplaba el valle, y a veces la Luna, pero durante todo el tiempo
escuchaba. En una o dos ocasiones se adormeció, pero lo hizo permaneciendo alerta al
punto que el más leve sonido le hubiese despabilado como movido por un resorte.
A la avanzada edad de veinticinco años, se encontraba aún en posesión de todas sus
facultades; de continuar su suerte, y si evitaba los accidentes, las enfermedades, las
bestias de presa y la inanición, podría sobrevivir otros diez años más.
La noche siguió su curso, fría y clara, sin más alarmas, y la Luna se alzó lentamente en
medio de constelaciones ecuatoriales que ningún ojo humano vería jamás. En las cuevas,
entre tandas de incierto dormitar y temerosa espera, estaban naciendo las pesadillas de
generaciones aún por ser.
Y por dos veces atravesó lentamente el firmamento, alzándose al cenit, y descendiendo
por el Este, un deslumbrante punto de luz más brillante que cualquier estrella.




2 ­ La nueva roca


Moon-Watcher se despertó de súbito, muy adentrada la noche. Molido por los
esfuerzos y desastres del día, había estado durmiendo más a pierna suelta que de
costumbre, aunque se puso instantáneamente alerta, al oír el primer leve gatear en el
valle.
Se incorporó, quedando sentado en la fétida oscuridad de la cueva, tensando sus
sentidos a la noche, y el miedo serpeó lentamente en su alma. Jamás en su vida -casi el
doble de larga que la mayoría de los miembros de su especie podían esperar- había oído
un sonido como aquel.
Los grandes gatos se aproximaban en silencio, y lo único que los traicionaba era un
raro deslizarse de tierra, o el ocasional crujido de una ramita. Mas éste era un continuo
ruido crepitante, que iba aumentando constantemente en intensidad. Parecía como si
alguna enorme bestia se estuviese moviendo a través de la noche, desechando en
absoluto el sigilo, y haciendo caso omiso de todos los obstáculos. En una ocasión Moon-
Watcher oyó el inconfundible sonido de un matorral al ser arrancado de raíz; los elefantes
y los dinoterios lo hacían a menudo, pero por lo demás se movían tan silenciosamente
como los felinos.
Y de pronto llegó un sonido que Moon-Watcher no podía posiblemente haber
identificado, pues jamás había sido oído antes en la historia del mundo. Era el rechinar del
metal contra la piedra.
Moon-Watcher llegó junto a la Nueva Roca, al conducir la tribu al río a la primera
claridad diurna. Había casi olvidado los terrores de la noche, porque nada había sucedido
tras aquel ruido inicial, por lo que ni siquiera asoció aquella extraña cosa con peligro o con
miedo. No había, después de todo nada alarmante en ello.
Era una losa rectangular, de una altura triple a la suya pero lo bastante estrecha como
para abarcarla con sus brazos, y estaba hecha de algún material completamente
transparente; en verdad que no era fácil verla excepto cuando el sol que se alzaba

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