13 ­ Lento amanecer


La principal cúpula de presión de la planta T.M.A.-1 tenía sólo siete metros de
diámetro, y su interior se hallaba incómodamente atestado. El vehículo, acoplado a ella a
través de una de las dos cámaras reguladoras de presión, procuraba un espacio vital
sumamente apreciado.
En el interior de aquel globo esférico y su pared doble, vivían, trabajaban y dormían los
seis científicos y técnicos agregados ya permanentemente al proyecto. Contenía también
la mayor parte de su equipo e instrumental, todos los pertrechos que no podían ser
dejados en el vacío exterior, dispositivos de cocina y lavabo, muestras geológicas, y una
pequeña pantalla de televisión a través de la cual podía ser mantenido el emplazamiento
en continua vigilancia.
Floyd no se sorprendió cuando Halvorsen prefirió permanecer en la cúpula; expuso su
opinión con admirable franqueza.
- Considero los trajes espaciales como un mal necesario - dijo el administrador -. Me
pongo uno cuatro veces al año, para mis comprobaciones trimestrales. Si no le importa,
me quedaré aquí al cuidado de la televisión.
No eran injustificados algunos de sus prejuicios, pues los más recientes modelos eran
mucho más cómodos que los torpes atuendos acorazados empleados por los primeros
exploradores lunares. Podía uno ponérselos en menos de un minuto, hasta sin ayuda, y
eran automáticos. El "Mk V" en el cual se hallaba ahora cuidadosamente embutido Floyd,
le protegería contra lo peor que pudiese encontrar en la Luna, bien fuese de día o de
noche.
Entró en la pequeña cámara reguladora de presión, acompañado por el doctor
Michaels. Una vez hubo cesado el vibrar de las bombas, y se hubo tensado casi
imperceptiblemente en torno suyo el traje, se sintió encerrado en el silencio del vacío.
Silencio que fue roto por el grato sonido de la radio acoplada a su traje.
- ¿Bien de presión, doctor Floyd? ¿Respira usted normalmente?
- Sí... estoy magníficamente.
Su compañero controló cuidadosamente las esferas e indicadores del exterior del traje
de Floyd, y luego dijo:
- Bien... vámonos.
Abrióse la puerta exterior, y ante ellos apareció el polvoriento paisaje lunar, reinado a la
luz terrestre.
Con cauto y contoneaste movimiento, Floyd siguió a Michaels. No resultaba difícil
andar; en realidad, y de manera paradójica, el traje le hacía sentirse más como en casa
que cualquier momento desde que llegara a la Luna. Su peso extra, y la leve resistencia
que oponía a su movimiento, le procuraba algo de la ilusión de la perdida gravedad
terrestre.
La escena había cambiado desde que llegara el grupo, apenas hacía una hora. Aunque
las estrellas, y la media Tierra, seguían estando como siempre, la 14§ noche lunar había
ya casi terminado. El resplandor de la corona era como una falsa salida de luna a lo largo
del firmamento oriental... y de pronto, sin prevención, la punta del poste de la radio, a

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