Estaba descendiendo una de las terrazas interiores de Tycho, la cual se nivelaba a
unos trescientos cincuenta metros más abajo. Al serpear descendiendo el declive,
Michaels apuntó a través de la gran extensión llana tendida bajo ellos.
- Allá están ellos - exclamó.
Floyd asintió; había divisado ya el ramillete de luces rojas y verdes enfrente a algunos
kilómetros, y mantuvo sus ojos fijos en él mientras el vehículo descendía suavemente el
declive. Evidentemente, el gran artefacto locomóvil estaba bajo perfecto control, pero
Floyd no respiró sosegadamente hasta que el vehículo no volvió a recobrar su debida
posición horizontal.
Entonces pudo ver, resplandeciendo como burbujas de plata a la luz terrestre, un grupo
de cúpulas de presión... los refugios temporales que albergaban a los trabajadores del
lugar. Próxima a ellos se encontraba una torre de radio, una perforadora, un grupo de
vehículos aparcados, y un gran montón de roca cascada, probablemente el material que
había sido excavado para descubrir el monolito. Aquel pequeño campamento en la
desértica extensión parecía muy solitario, muy vulnerable a las fuerzas de la Naturaleza
agrupadas silenciosamente en su derredor. No había allí signo alguno de vida, ni ninguna
visible indicación de por que habían ido los hombres tan lejos de su hogar.
- Puede usted ver el cráter - dijo Michaels -. Allá a la derecha... a unos cien metros de
aquella antena de radio.
"Ya estamos, pues", pensó Floyd, al rodar el vehículo ante las cápsulas de presión y
llegar al borde del cráter. Su pulso se aceleró, al estirarse hacia adelante para ver mejor.
El vehículo comenzó a descender cautelosamente una rampa de consistente roca,
introduciéndose en el interior del cráter. Y allí, exactamente como lo había visto en
fotografías, se hallaba T.M.A.-1.
Floyd fijó su mirada, pestañeo, meneó la cabeza, y clavó de nuevo la vista, hasta con la
brillante luz terrestre, resulta difícil ver el objeto distintamente; su primera impresión fue la
de un rectángulo liso que podía haber sido cortado en papel carbón; parecía no tener en
absoluto espesor. Desde luego, se trataba de una ilusión óptica; aunque estaba mirando
un cuerpo sólido, reflejaba tan poca luz que sólo podía verlo en silueta.
Los pasajeros mantuvieron un silencio total mientras el vehículo descendía al cráter.
Había en ellos espanto, y también incredulidad... simple escepticismo de que la muerta
Luna, entre todos los mundos, pudiese haber hecho surgir aquella fantástica sorpresa.
El vehículo se detuvo a unos siete metros de la losa, y a un costado de ella, de manera
que todos los pasajeros pudieran examinarla. Sin embargo, poco había que ver, aparte de
la forma perfectamente geométrica del objeto. No presentaba en ninguna parte marca
alguna, ni cualquier reducción de su cabal negrura de ébano. Era la cristalización misma
de la noche, y por un momento Floyd se preguntó si en efecto pudiera ser una
extraordinaria formación natural, nacida de los fuegos y presiones que acompañaron a la
creación de la Luna. Pero bien sabía que tal remota posibilidad había sido ya examinada y
descartada.
Obedeciendo a alguna señal, se encendieron proyectores en torno al borde del cráter, y
la brillante luz terrestre fue extinguida por un resplandor mucho más intenso. En el vacío
lunar eran desde luego completamente invisibles los haces, los cuales formaban elipses
superpuestas de cegadora blancura, centradas sobre el monolito. Y allá donde se
proyectaban, la superficie de ébano parecía tragarlas.
La Caja de Pandora, pensó Floyd, con súbita sensación de presagio, esperando ser
abierta por el hombre curioso. ¿Y qué hallaría en su interior?

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