- El doctor Floyd y yo estaremos en la sala de conferencias dentro de un par de
minutos.
Los demás asintieron, dijeron algunas frases agradables, y se fueron por el pasillo.
Pero antes de que Halvorsen pudiera introducir a Floyd en su despacho, hubo una
interrupción. Abrióse la puerta, y una figurilla se precipitó hacia el Administrador, gritando:
Papi, has estado en la punta. ¡Y prometiste llevarme!
- Vamos, Diana - dijo Halvorsen con impaciente ternura -, sólo te dije que te llevaría si
podía.
Pero he estado muy ocupado esta mañana recibiendo al doctor Floyd. Dale la mano...
acaba de llegar de la Tierra.
La pequeña - Floyd estimó que tendría unos ocho años - extendió una floja manita. Su
cara le era vagamente conocida, y Floyd se dio cuenta de súbito que el Administrador le
estaba mirando con sonrisa burlona.
Súbitamente hizo memoria, y comprendió por qué.
¡No puedo creerlo! - exclamó. ¡Pero si no era más que una criatura, cuando estuve
aquí últimamente!
- La semana pasada cumplió sus cuatro años - respondió con orgullo Halvorsen -. Los
niños crecen rápidamente en esta baja gravedad. Pero no alcanzan la madurez tan de
prisa... vivirán más que nosotros.
Floyd fijó su mirada, como fascinado, en la aplomada damita, observando su gracioso
continente y la desmesuradamente delicada estructura de su cuerpecito.
- Encantado de verte de nuevo, Diana - dijo.
Luego, algo, quizás por curiosidad, o acaso cortesía, le impulsó a añadir -: ¿Te gustaría
ir a la Tierra?
Los ojos de la niña se agrandaron de asombro, y luego meneó la cabeza diciendo:
- Es un lugar desagradable; una se hace daño al caer. Además, hay demasiada gente.
Aquí, se dijo Floyd está la primera generación de los nativos del espacio; habrá más,
en los años venideros. Aunque había melancolía en su pensamiento, también había una
gran esperanza. Cuando estuviese la Tierra mansa y tranquila, y quizá algo cansada,
habría un campo de acción para quienes amaran la libertad, para los duros pioneros, los
inquietos aventureros. Pero sus instrumentos no serían el hacha y el fusil, la canoa y la
carreta; serían la planta nuclear de energía, el impulso del plasma y la granja hidropónica.
Se estaba aproximando velozmente el tiempo en que la Tierra, como todas las madres,
debía decir adiós a sus hijos.
Con una mezcla de amenazas y promesas, Halvorsen logró desembarazarse de su
decidido retoño, y condujo a Floyd al despacho. La estancia del Administrador era sólo de
cinco metros cuadrados, pero lograba contener todos los avíos y símbolos de la posición
de un típico jefe de un departamento con 50.000 dólares de sueldo anuales. Fotografías
dedicadas de importantes políticos -incluyendo la del Presidente de los Estados Unidos y
la del Secretario General de las Naciones Unidas- adornaban una pared, cubriendo la
mayor parte de otra unas fotos asimismo firmadas por célebres astronautas.
Floyd se hundió en un cómodo sillón de cuero, siéndole ofrecida una copa de jerez,
obsequio de los laboratorios biológicos lunares.
- ¿Cómo van las cosas, Ralph? - preguntó Floyd, paladeando la bebida primero con
precaución, y aprobatoriamente luego.

31