lunar. En torno a la nave espacial había una llanura lisa y gris, brillantemente iluminada
por la sesgada luz terrestre. Aunque el firmamento era, desde luego, completamente
negro, sólo podían ser vistos en él los más brillantes planetas y estrellas, a menos que se
protegieran los ojos contra el resplandor de la superficie.
Varios extrañísimos vehículos rodaban en dirección a la nave espacial Aries-1B: grúas,
cabrias, camiones de reparación; algunos automáticos y otros manejados por un
conductor instalado en una pequeña cabina de presión. La mayoría tenían neumáticos,
pues aquella suave y nivelada llanura no planteaba dificultades de transporte en absoluto;
pero un camión cisterna rodaba sobre las peculiares ruedas flexibles que habían resultado
uno de los mejores medios para andar recorriendo la Luna. La rueda flexible, compuesta
de placas planas dispuestas en círculo, y montada y alabeada independientemente cada
una, tenía muchas de las ventajas del tractor oruga, del que había evolucionado.
Adaptaba su forma y diámetro al terreno sobre el que se movía, y a diferencia del tractor
oruga, continuaría funcionando aún cuando le faltaran algunas de sus secciones.
Una camioneta con un tubo extensible semejante a la gruesa trompa de un elefante, lo
frotaba ahora cariñosamente contra la nave espacial. Pocos segundos después, se
oyeron ruidos como de puñetazos o porrazos en el exterior, seguidos del sonido del aire
silbante al establecerse las conexiones e igualarse la presión. Abrióse seguidamente la
puerta interior de la esclusa reguladora de la presión de aire, y entró el comité de
recepción.
Estaba encabezado por Ralph Halvorsen, Administrador de la Provincia del Sur... que
incluía no sólo a la Base sino también cualquiera de las partes de los equipos de
exploración que operaban desde ella. Con él se encontraba su Jefe del Departamento
Científico, el doctor Roy Michaels, un pequeño y canoso geofísico al que Floyd conocía de
visitas previas, y media docena de los principales científicos y ejecutivos. Todos saludaron
a Floyd con respetuoso alivio; desde el Administrador para abajo, resultaba evidente que
les parecía tener una oportunidad de desembarazarse de algunas de sus preocupaciones.
- Encantados de tenerlo entre nosotros, doctor Floyd - dijo Halvorsen -. ¿Tuvo usted
buen viaje?
- Excelente - respondió Floyd -. No pudo haber sido mejor. La tripulación me atendió
estupendamente.
Intercambiaron las acostumbradas frases sin importancia que la cortesía requería,
mientras el autobús se alejaba de la nave espacial; por tácito acuerdo, nadie mencionó en
motivo de su visita. Tras recorrer unos cincuenta metros desde el lugar del alunizaje el
autobús llegó ante un gran rótulo que rezaba:
BIENVENIDOS A LA BASE CLAVIUS
Cuerpo de Ingeniería Astronáutica de U.S.A. 1994
Seguidamente se sumieron en una especie de trinchera que los llevó rápidamente bajo
el nivel del suelo. Se abrió una maciza puerta, que volvió a cerrarse tras ellos y ocurrió lo
mismo con otras dos. Una vez cerrada la última puerta, hubo un gran bramido de aire, y
de nuevo estuvieron en la atmósfera, en el ambiente de mangas de camisa de la Base.
Tras un breve recorrido por un túnel atestado de tubos y cables, y resonante de sordos
ecos de rítmicos estampidos y palpitaciones, llegaron al territorio de la dirección, y Floyd
se volvió a encontrar en el familiar ambiente de máquinas de escribir, computadoras de
despacho, muchachas auxiliares, mapas murales y repiqueteantes teléfonos. Al hacer una
pausa ante la puerta que ostentaba el rótulo de ADMINISTRADOR, Halvorsen dijo
diplomáticamente:

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