tal improductiva conducta; los gruñidos y las amenazas eran un medio mucho más eficaz
de mantener sus puntos de vista.
La confrontación duro aproximadamente cinco minutos; luego, la manifestación cesó
tan rápidamente como había comenzado, y cada cual bebió hasta hartarse de la lodosa
agua... El honor había quedado satisfecho; cada grupo había afirmado la reivindicación de
su propio territorio. Y habiendo sido zanjado este importante asunto, la tribu desfiló por la
ribera del riachuelo. El siguiente apacentadero que merecía la pena se hallaba ahora a
más de una milla de las cuevas, y tenían que compartirlo con una manada de grandes
bestias semejantes al antílope, las cuales toleraban a duras penas su presencia. Y no
podían ser expulsadas de allí, pues estaban armadas con terribles dagas que sobresalían
de su testuz... las armas naturales que el mono-humanoide no poseía.
Así, Moon-Watcher y sus compañeros masticaban bayas y frutas y hojas y se
esforzaban por ahuyentar los tormentos del hambre... mientras en torno a ellos,
compitiendo por el mismo pasto, había una fuente potencial demás alimento del que
jamás podían esperar comer. Pero los miles de toneladas de suculenta carne que erraban
por la sabana y a través de la maleza, no sólo estaban más allá de su alcance, sino
también de su imaginación.
Y, en medio de la abundancia, estaban pereciendo lentamente de inanición.
Con la última claridad del día, la tribu volvió, sin incidentes, a su cueva. La hembra
herida que había permanecido en ella arrulló de placer cuando Moon-Watcher le dio la
rama cubierta de bayas que le había traído, y comenzó a atacarla vorazmente. Bien
escaso alimento había en ella, pero le ayudaría a subsistir mientras s anaba la herida que
el leopardo le había causado, y pudiera volver a forrajear por sí misma.
Sobre el valle se estaba alzando la luna llena, y de las distantes montañas soplaba un
viento cortante. Haría mucho frío durante la noche... pero el frío, como el hambre, no era
motivo de verdadera preocupación; formaba simplemente parte del fondo de la vida.
Moon-Watcher apenas se movió cuando llegaron ecos de gritos y chillidos procedentes
de una de las cuevas bajas del declive, y no necesitaba oír el ocasional gruñido del
leopardo para saber exactamente lo que estaba sucediendo. Abajo, en la oscuridad, el
viejo Cabello Blanco y su familia estaban luchando y muriendo, mas ni por un momento
atravesó la mente de Moon-Watcher la idea de que pudiera ir a prestar ayuda de algún
modo. La dura lógica de la supervivencia desechaba tales fantasías, y ninguna voz se
alzó en protesta desde la ladera del cerro. Cada cueva permanecía silenciosa, para no
traerse también el desastre.
El tumulto se apagó, y Moon-Watcher pudo oír entonces el roce de un cuerpo al ser
arrastrado sobra las rocas. Ello duró sólo unos cuantos segundos; luego, el leopardo dio
buena cuenta de su presa, y no hizo más ruido al marcharse silenciosamente, llevando a
su víctima sin esfuerzo entre sus poderosas mandíbulas.
Durante uno o dos días, no habría más peligro allí, pero podía haber otros enemigos
afuera, aprovechándose del frío. Estando suficientemente prevenidos, los rapaces
menores podían a veces ser espantados con gritos y chillidos. Moon-Watcher se arrastró
fuera de la cueva, trepó a un gran canto rodado que estaba junto a la entrada, y se
agazapó en él para inspeccionar el valle.
De todas las criaturas que hasta entonces anduvieron por la Tierra, los mono-
humanoide fueron los primeros en contemplar fijamente a la Luna. Y aunque no podía
recordarlo, siendo muy joven Moon-Watcher quería a veces alcanzar, e intentar tocar,
aquel fantasmagórico rostro sobre los cerros.

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