Los mil cien hombres y seiscientas mujeres que componían el personal de la Base eran
bien formados científicos y técnicos, cuidadosamente seleccionados antes de su partida
de la Tierra. Aunque la existencia lunar se encontraba ya virtualmente exenta de las
penalidades, desventajas y ocasionales peligros de los primeros días, resultaba aún
exigente psicológicamente, y no recomendable para quien sufriera de claustrofobia.
Debido a lo costoso que resultaba y al consumo de tiempo que requería el trazar una
amplia base subterránea en roca sólida o lava compacta, el normativo "módulo de
estancia" para una persona era una habitación de sólo dos metros de ancho, por cuatro
de largo y tres de alto.
Cada habitación estaba atractivamente amueblada y se asemejaba mucho al
apartamiento de un buen motel, con sofá convertible, TV, pequeño aparato Hi-Fi, y
teléfono. Además la única pared intacta podía convertirse pulsando un conmutador en un
convincente paisaje terrestre. Había una selección de ocho vistas.
Este toque de lujo era típico en la Base, aunque resultaba difícil explicar su necesidad a
la gente de la Tierra. Cada hombre y mujer de Clavius había costado cien mil dólares de
adiestramiento, transporte y alojamiento; merecía la pena un pequeño extra para
mantener su sosiego espiritual. No se trataba del arte por el arte, sino del arte en pro de la
paz mental.
Una de las atracciones de la vida en la Base - y de la Luna en general era
indudablemente la baja gravedad, que producía una sensación de cabal bienestar. Sin
embargo, tenía sus peligros, y pasaban varias semanas antes de que un emigrante de la
Tierra pudiera adaptarse. En la Luna, el cuerpo humano había de aprender toda una
nueva serie de reflejos. Tenía que distinguir, por primera vez entre masa y peso.
Un hombre que pesara noventa kilos en la Tierra podría sentirse encantado al descubrir
que en la Luna su peso era sólo de quince. En tanto se moviera en línea recta y a
velocidad uniforme, experimentaba una maravillosa sensación de flotar. Pero en cuanto
intentara cambiar de trayectoria, doblar esquinas, o detenerse de súbito... entonces
descubría que seguían existiendo sus noventa kilos de masa, o inercia. Pues ello era fijo e
inalterable... lo mismo en la Tierra, la Luna, el Sol, o en el espacio libre. Por lo tanto antes
de que pudiera uno adaptarse debidamente a la vida lunar, era esencial aprender que
todos los objetos eran ahora seis veces más lentos de lo que sugería su mero peso. Era
una lección que se llevaba uno a casa a costa de numerosas colisiones y duros porrazos,
y las viejas manos lunares se mantenían a distancia de los recién llegados hasta que
estuvieran aclimatados.
Con su complejo de talleres, despachos, almacenes, centro computador, generadores,
garaje, cocina, laboratorios y plantas para el proceso de alimentos, la Base Clavius era en
sí un mundo en miniatura.
E irónicamente, muchos de los hábiles e ingeniosos artificios empleados para construir
este imperio subterráneo, fueron desarrollados durante la media centuria de la Guerra
Fría.
Cualquiera que hubiese trabajado en un endurecido e insensible emplazamiento de
misiles, se habría encontrado en Clavius como en su propia casa. Aquí en la Luna había
los mismos artilugios y los mismos ingenios de la vida subterránea, y de protección contra
un ambiente hostil; pero habían sido cambiados para el objetivo de la paz. Al cabo de diez
mil años, el hombre había hallado al fin algo tan excitante como la guerra.
Por desgracia, no todas las naciones se habían percatado de ese hecho.
Las montañas que habían sido tan prominentes antes del alunizaje, habían
desaparecido misteriosamente, ocultadas a la vista bajo la acusada curva del horizonte

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