cubículos que le rodeaban daba esa impresión. Luego se dijo, con firmeza y
fructuosamente: "Ea, a dormir, muchacho. Este es sólo un corriente correo lunar."
Al despertarse, la Luna se había tragado medio firmamento, y estaban a punto de
comenzar las maniobras de frenado. El amplio arco de las ventanas encajado en la
curvada pared de la sección de pasajeros miraba al cielo abierto, y no al globo cercano,
por lo que se trasladó a la cabina de mando. Allí, en las pantallas retrovisoras de
televisión, pudo contemplar las últimas fases del descenso.
Las cada vez más próximas montañas lunares, eran diferentes en absoluto de las de la
Tierra; estaban faltas de las destellantes cimas de nieve; el verde ornamento de la
vegetación, las móviles coronas de nubes. Sin embargo, el violento contraste de luz y
sombra les confería una belleza propia. Las leyes de la estética terrestre no eran
aplicables allí; aquel mundo había sido formado y modelado por fuerzas distintas a las
terrestres, operando en eones de tiempo desconocidos a la joven y verdeante Tierra, con
sus fugaces Eras Glaciales, sus mares alzándose y hundiéndose rápidamente, y sus
cadenas de montañas disolviéndose como brumas ante el alba. Aquí era la edad
inconcebible -pero no muerta, pues la Luna no había vivido nunca- hasta la fecha.
La nave en descenso quedó equilibrada casi sobre la línea divisora de la noche y el
día; directamente debajo de ella había un caos de melladas sombras y brillantes y
aislados picos que captaban la primera luz de la lenta alba lunar. Aquél sería un
espantoso lugar para intentar posarse, incluso contando con todas las posibles ayudas
electrónicas; pero estaban derivando lentamente, apartándose de él, hacia la parte
nocturna de la Luna.
Cuando sus ojos se acostumbraron más y más a la débil iluminación, Floyd vio de
pronto que la parte nocturna no estaba totalmente oscura, sino bañada por una luz
fantasmal, pudiéndose ver claramente picos, valles y llanuras. La Tierra, gigantesca luna
para la Luna, inundaba con su resplandor el suelo de abajo.
En el panel del piloto fulguraron luces sobre las pantallas de radar, y aparecieron y
desaparecieron números en los señalizadores de las computadoras, registrando la
distancia de la cercana Luna. Estaban aún a más de mil millas cuando volvió el peso al
comenzar los propulsores una suave pero constante deceleración. Parecieron transcurrir
siglos en que la Luna se expandió lentamente a través del firmamento, sumióse el Sol
bajo el horizonte, y finalmente un gigantesco cráter llenó el campo visual. El correo estaba
cayendo hacia sus picos centrales... y de súbito Floyd advirtió que junto a uno de aquellos
picos, destellaba con ritmo regular una brillante luz. Podía ser un faro de aeropuerto
enfilado a la Tierra, y quedó con la mirada clavada en él y la garganta contraída. Era la
prueba de que los hombres habían establecido otra posición en la Luna.
El cráter se había expandido ya tanto que sus baluartes se estaban deslizando bajo el
horizonte, y los pequeños cráteres que salpicaban su interior estaban empezando a
revelar su tamaño real. Algunos de ellos, que parecían minúsculos desde la lejanía en el
espacio, tenían un diámetro de millas, y podrían haber engullido ciudades enteras.
Sometida a sus controles automáticos, la nave se deslizaba abajo por el firmamento
iluminado por las estrellas, hacia aquel estéril paisaje a la luz de la grande y gibosa Tierra.
Una voz se elevó ahora de alguna parte, sobre el silbido de los propulsores y los punteos
electrónicos que atravesaban la cabina.
- Control Clavius a Especial 14; la entrada se realiza con exactitud. Efectúen por favor
la comprobación manual del dispositivo de alunizaje, presión hidráulica e inflado de la
almohadilla parachoques.
El piloto oprimió diversos conmutadores, destellaron luces verdes y respondió:

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