clavija de su bloque de noticias, poniéndola en el circuito de información de la nave y
pasaría revista a las últimas noticias de la Tierra. Uno a uno conjuraría a los principales
periódicos electrónicos del mundo; conocía de memoria las claves de los más
importantes, y no tenía necesidad de consultar la lista que estaba al reverso de su bloque.
Conectando con la unidad memorizadora de reducción, tendría la primera página, ojearía
rápidamente los encabezamientos y anotaría los artículos que le interesaban. Cada uno
de ellos tenía su referencia de teclado, al pulsar el cual, el rectángulo del tamaño de un
sello de correos se ampliaría hasta llenar por completo la pantalla, permitiéndole así leer
con toda comodidad. Una vez acabado, volvería a la página completa, seleccionando un
nuevo tema para su detallado examen.
Floyd se preguntaba a veces si el bloque de noticias, y la fantástica tecnología que tras
él había, sería la última palabra en la búsqueda del hombre en perfectas comunicaciones.
Aquí se encontraba él, muy lejos en el espacio, alejándose de la Tierra a miles de millas
por hora, y sin embargo, en unos pocos milisegundos podía ver los titulares de cualquier
periódico que deseara. (Verdaderamente que esa palabra de "periódico" resultaba un
anacrónico pegote en la era de la electrónica.) El texto era puesto al momento
automáticamente cada hora; hasta si se leía sólo las versiones inglesas, se podía
consumir toda una vida no haciendo otra cosa sino absorber el flujo constantemente
cambiante de información de los satélites- noticiarios.
Resulta difícil imaginar cómo podía ser mejorado o hecho más conveniente el sistema,
pero más pronto o más tarde, suponía Floyd, desaparecería para ser reemplazado por
algo tan inimaginable como pudo haber sido el bloque de noticias para Caxton o
Gutemberg.
Había otro pensamiento que a menudo lo llevaba a escudriñar aquellos minúsculos
encabezamientos electrónicos. Cuanto más maravillosos eran los medios de
comunicación, tanto más vulgares, chabacanos o deprimentes parecían ser sus
contenidos. Accidentes, crímenes, desastres naturales y causados por la mano del
hombre, amenaza de conflicto, sombríos editoriales... tal parecía ser aún la principal
importancia de los millones de palabras esparcidos por el éter. Sin embargo, Floyd se
preguntaba también si eso era en suma una mala cosa; los periódicos de Utopía, lo había
decidido hacía tiempo, serían terriblemente insulsos.
De vez en cuando, el capitán y los demás miembros de la tripulación entraban en la
cabina y cambiaban unas cuantas palabras con él. Trataban a su distinguido pasajero con
respetuoso temor, y sin duda ardían de curiosidad sobre su misión, pero eran demasiado
corteses para hacer cualquier pregunta o hasta para hacer cualquier insinuación.
Sola la encantadora y menudita azafata parecía mostrarse completamente desenvuelta
en su presencia. Floyd descubrió rápidamente que procedía de Bali, y había llevado
allende la atmósfera algo de la gracia y el misterio de aquella isla aún no hollada en gran
parte. Uno de los más singulares y encantadores recuerdos de todo el viaje fue la
demostración de ella de la gravedad cero mediante algunos movimientos de danza clásica
balinesa, con el admirable verdiazul menguante de la Tierra como telón de fondo.
Hubo un período de sueño al apagarse las luces de la cabina y Floyd se sujetó brazos
y piernas con las sábanas elásticas que le impedirían ser expelido al espacio. Parecía una
tosca instalación... pero en la gravedad cero su litera no almohadillada era más cómoda
que los más muelles colchones de la Tierra.
Una vez se hubo sujetado bien, Floyd se adormiló con bastante rapidez, pero se
despertó en una ocasión en estado amodorrado y semiconsciente, quedando totalmente
desconcertado por sus extraños aledaños. Durante un momento pensó que se encontraba
dentro de una linterna china débilmente iluminada; el débil resplandor de los otros

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