Pocos minutos después tuvo un primer vislumbre de la Estación Espacial Uno, a pocas
millas tan sólo. La luz del sol destellaba y centellaba en las bruñidas superficies del disco
de trescientos metros de diámetro que giraba lentamente. No lejos, derivando en la misma
órbita, se encontraba una replegada nave espacial Tito-V, y junto a ella una casi esférica
Aries-1B, el percherón del espacio, con las cuatro recias y rechonchas patas de sus
amortiguadores de alunizaje sobresaliendo de un lado.
La nave espacial Orión III estaba descendiendo de una órbita más alta, lo cual
presentaba a la Tierra en vista espectacular tras la Estación. Desde su altitud de 200
millas, Floyd podía ver gran parte de Africa y el océano Atlántico. Había una considerable
cobertura de nubes, pero aún podía detectar los perfiles verdiazules de la Costa de Oro.
El eje de la Estación Espacial, con sus brazos de atraque extendidos, se hallaba ahora
deslizándose suavemente hacia ellos. A diferencia de la estructura de la que brotaba, no
estaban girando... o, más bien, estaban moviéndose a la inversa a un compás que
contrarrestaba exactamente el propio giro de la Estación. Así, una nave espacial visitante
podía ser acoplada a ella, para el traslado de personal o cargamento, sin ser remolineada
desastrosamente en derredor.
Nave y Estación establecieron contacto, con el más suave de los topetazos. Del
exterior llegaron ruidos metálicos rechinantes, y luego el breve silbido del aire al igualarse
las presiones. Poco después se abrió la puerta de la cámara reguladora de presión, y
penetró en la cabina un hombre vestido con los ligeros y ceñidos pantalones y la camisa
de manga corta, que era casi el uniforme de la Estación Espacial.
- Encantado de conocerle doctor Floyd, yo soy Nick Miller, de la seguridad de la
Estación; tengo el encargo de velar por usted hasta la partida del correo lunar.
Se estrecharon las manos, y Floyd sonrió luego a la azafata, diciendo:
- Haga el favor de presentar mis cumplidos al capitán Tynes, y agradézcale el
excelente viaje. Quizá la vuelva a ver a usted de regreso a casa.
Muy precavidamente -era ya más de un año desde la última vez que había estado
ingrávido y pasaría aún algún tiempo antes de que recuperase su andar espacial-
atravesó valiéndose de las manos la cámara reguladora de presión, penetrando en la
amplia estancia circular situada en el eje de la Estación Espacial. Era un recinto
espesamente acolchado, con las paredes cubiertas de asideros esconzados; Floyd asió
uno de ellos firmemente mientras la estancia entera comenzaba a girar, hasta
acompasarse a la rotación de la Estación.
Al aumentar la velocidad, delicados y fantasmales dedos gravitatorios comenzaron a
apresarle, siendo lentamente impelido hacia la pared circular. Ahora estaba meciéndose
suavemente, como un alga marina mecida por la marea, en lo que mágicamente se había
convertido en un piso combado. Estaba sometido a la fuerza centrífuga del giro de la
Estación, la cual era débil allí, tan cerca del eje, pero aumentaría constantemente cuando
se moviera hacia el exterior.
Desde la cámara central de tránsito siguió a Miller bajando por una escalera en espiral.
Al principio era tan liviano su peso que tuvo que forzarse a descender, asiéndose a la
barandilla, no fue hasta llegar a la antesala de pasajeros, en el caparazón exterior del
gran disco giratorio, cuando adquirió peso suficiente para moverse en derredor casi
normalmente.
La antesala había sido objeto de una nueva decoración desde su última visita,
dotándose de algunos nuevos servicios. Junto a las acostumbradas butacas, mesitas,
restaurante y estafeta de correos, había ahora una barbería, un "drugstore", una sala de
cine, y una tienda de souvenirs en la que se vendían fotografías y diapositivas de paisajes

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