La azafata vino andando por el exiguo pasillo que estaba a la derecha de las próximas
butacas. Había un ligero flotamiento en sus pasos y sus pies se despegaban del suelo
difícilmente, como si estuviesen encolados. Ella se mantenía en la brillante banda de
alfombrado Velcro que discurría en toda la longitud del suelo... y del techo. La alfombra, y
las suelas de las sandalias, estaban cubiertas de miríadas de minúsculas grapillas, que se
adherían como ganchos. Este truco de andar en caída libre era inmensamente
tranquilizador para los desorientados pasajeros.
- ¿Desearía usted algo de café o de té, doctor Floyd? - preguntó ella con jovial solicitud.
- No, gracias - sonrió él. Siempre se sentía como una criatura cuando tenía que chupar
de uno de aquellos tubos de plástico.
La azafata estaba aún rondando ansiosamente en su derredor, cuando abrió su cartera
de mano, disponiéndose a revisar sus papeles.
- Doctor Floyd, ¿puedo hacerle a usted una pregunta?
- Desde luego - respondió él, mirando por encima de sus gafas.
- Mi prometido es geólogo en Tycho - dijo miss Simmons, midiendo cuidadosamente
sus palabras-, y no he tenido noticias de él hace ya más de una semana.
- Lo siento; quizá se encuentre fuera de su base, y fuera de contacto.
Ella meneó la cabeza, replicando:
- El siempre me comunica cuando va a suceder algo así. Y puede usted imaginarse lo
preocupada que estoy... con todos esos rumores. ¿Es realmente verdad lo de una
epidemia en la Luna?
- Si lo es, no supone ello motivo alguno de alarma. Recuerde cuando hubo una
cuarentena en el 98 a causa de aquel virus mutado de la gripe.
Mucha gente estuvo enferma... pero nadie murió. Y esto es realmente cuanto puedo
decir - concluyó con firmeza.
Miss Simmons sonrió agradablemente y se enderezó.
- Bien, gracias de todos modos, doctor. Siento haberle molestado.
- No es molestia, en absoluto - respondió él, galante, aunque no muy sinceramente. Y
acto seguido se sumió en sus interminables informes técnicos, en un desesperado último
asalto a la habitual revisión.
Pues no tendría tiempo para leer, cuando llegase a la Luna.



8 ­ Cita orbital


Media hora después, anunció el piloto:
- Estableceremos contacto dentro de diez minutos. Compruebe por favor el correaje de
seguridad de su asiento.
Floyd obedeció, y retiró sus papeles. Era buscarse molestias tratar de leer durante el
acto de juegos malabares celestes que tenía lugar durante las últimas 300 millas; lo mejor
era cerrar los ojos y relajarse, mientras el ingenio espacial traqueteaba con breves
descargas de energía de los cohetes.

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