Había perdido casi el sentido del tiempo cuando disminuyeron bruscamente la presión
y el ruido, y el altavoz de la cabina anunció:
- Preparado para separar el cuerpo inferior. Ya vamos.
Hubo una ligera sacudida; y de súbito Floyd recordó una cita de Leonardo da Vinci, que
había visto en una ocasión en un despacho de la NASA:
La Gran Ave emprenderá su vuelo
en el lomo de la gran ave, dando
gloria al nido donde naciera.
Bien, La Gran Ave estaba volando ahora, más allá de los sueños de Leonardo, y su
agotada compañera aleteaba de nuevo hacia la Tierra. En un arco de diez mil millas, el
cuerpo inferior o primera etapa se deslizaría, penetrando en la atmósfera, trocando
velocidad por distancia cuando se posara en Kennedy. Y en pocas horas, revisada y
provista de nuevo combustible, estaría dispuesta de nuevo a elevar a otra compañera
hacia el radiante silencio que ella no alcanzaría jamás.
Ahora vamos por nuestros propios medios, pensó Floyd, a más de medio camino de la
órbita de aparcamiento. Al producirse de nuevo la aceleración, al dispararse los cohetes
del cuerpo superior, el impulso fue mu cho más suave; en realidad, no sintió más que
gravedad normal. Pero le hubiese sido imposible andar, puesto que "arriba" estaba en
derechura hacia el frente de la cabina. De haber sido lo bastante necio como para
abandonar su asiento, se hubiera estrellado al punto contra el tabique trasero.
Aquel efecto resultaba un tanto desconcertante, pues parecía que la nave se alzaba
sobre su cola. Para Floyd, que estaba enfrente mismo de la cabina, todas las butacas se
le aparecían como sujetas a una pared que descendiese verticalmente debajo de él. Se
estaba esforzando por despejar tan desagradable ilusión, cuando el alba estalló al exterior
de la nave.
En cuestión de segundos, atravesaron cendales de color carmesí, rosa, oro y azul,
hasta la penetrante albura del día. A pesar de que las ventanas estaban muy teñidas para
reducir el fulgor, los haces de luz solar que barrieron lentamente la cabina dejaron
semicegado a Floyd durante varios minutos. Se encontraba en el espacio, pero no había
forma de ver las estrellas.
Se protegió los ojos con las manos e intentó fisgar a través de la ventanilla de su
costado. Afuera, el ala replegada de la nave destellaba como metal incandescente a la
reflejada luz solar; en su derredor, la oscuridad era absoluta, y aquella oscuridad debía de
estar llena de estrellas... pero era imposible verlas.
El peso iba disminuyendo lentamente; los cohetes dejaban de funcionar a medida que
la nave se situaba en órbita. El tronar de los motores se atenuó, convirtiéndose en un
sordo ronquido, luego en suave siseo, y se redujo finalmente al silencio. De no haber sido
por sus sujetadores, Floyd hubiese flotado fuera de su butaca; su estómago sintió como si
de todos modos fuese a hacerlo así. Esperaba que las píldoras que le habían dado media
hora y diez mil millas antes, obrarían como estaba especificado. Sólo una vez había
sufrido el mareo espacial en su carrera, pero ya bastaba con ello, y a menudo hasta
resultaba demasiado.
La voz del piloto era firme y confiada al sonar en el altavoz.
- Observe por favor todas las prescripciones cero-ge. Vamos a atracar en la Estación
Espacial Uno dentro de cuarenta y cinco minutos.

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