El reactor que le había trasladado allí desde Washington, tras aquella entrevista con el
Presidente, estaba descendiendo ahora hacia uno de los más familiares, y sin embargo
más emocionantes paisajes de todo el mundo. Allí se hallaban instaladas las primeras dos
generaciones de la Era Espacial, ocupando veinte millas de la costa de la Florida. Al sur,
perfiladas por parpadeantes luces rojas de prevención, se encontraban las gigantescas
plataformas de los Saturnos y Neptunos que habían colocado a los hombres en el camino
de los planetas, y habían pasado ya a la historia. Cerca del horizonte, una rutilante torre
de plata bañada por la luz de los proyectores, era el último de los Saturno V, durante casi
veinte años monumento nacional y lugar de peregrinaje. No muy lejos, atalayante contra
el firmamento como una montaña artificial, se alzada la increíble mole del edificio de la
Asamblea Vertical, la estructura simple más grande aún de la Tierra.
Mas estas cosas pertenecían ya al pasado, y él estaba volando hacia el futuro. Al
inclinarse el aparato al virar; el doctor Floyd pudo ver bajo él una laberíntica masa de
edificios, luego una gran pista de aterrizaje, y después unos amplios chirlos rectos a
través del llano paisaje de la Florida... los múltiples rieles de una gigantesca pista de
lanzamiento. Y a su final, rodeada por vehículos y grúas, se hallaba una nave espacial
destellando en un tormento de luz; estaba siendo preparada para su salto hacia las
estrellas. En súbita falta de perspectiva, producida por los rápidos cambios de velocidad y
altura, a Floyd le pareció estar viendo una pequeña polilla de plata, atrapada en el haz de
un proyector.
Luego las diminutas y escurridizas figuras del suelo le hicieron darse cuenta del tamaño
real de la astronave; debía tener setenta metros a través de la estrecha V de sus alas. Y
ese enorme vehículo, se dijo Floyd con cierta incredulidad -aunque también con cierto
orgullo- me está esperando a mí. Tanto como supiera, era la primera vez que se había
dispuesto una misión para llevar un solo hombre a la Luna.
Aunque eran las dos de la madrugada, un grupo de periodistas y fotógrafos le
interceptó en el camino a la nave espacial Orión III bañada por la luz de los proyectores.
Conocía de vista a algunos de ellos, pues como presidente del Consejo Nacional de
Astronáutica, formaban parte de su vida las conferencias de prensa. No era ahora el
momento ni el lugar para celebrar una de ellas, y no tenía nada que decir; pero era
importante no ofender a los caballeros de los medios informativos.
- ¿Doctor Floyd? Soy Jim Forster, de la "Associated News". ¿Podría decirnos unas
pocas palabras sobre este viaje suyo?
- Lo siento. No puedo decir nada.
- ¿Pero usted se entrevistó con el Presidente esta misma noche? - preguntó una voz
familiar.
- Ah.. hola, Mike. Me temo que le hayan sacado de la cama para nada.
Decididamente, no hay nada que manifestar.
- ¿No puede usted cuando menos confirmar o denegar que ha estallado en la Luna
alguna especie de epidemia? - preguntó un reportero de la televisión, apañándoselas para
mantener debidamente enmarcado a Floyd en su cámara-miniatura de televisión.
- Lo siento - respondió Floyd, meneando la cabeza.
- ¿Qué hay sobre la cuarentena? - preguntó otro reportero -. ¿Por cuánto tiempo se
mantendrá?
- Tampoco nada a manifestar al respecto.

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