transformados. Los constructores de instrumentos habían sido rehechos por sus propias
herramientas.
Pues con el uso de garrotes y pedernales, sus manos habían desarrollado una
destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal, permitiéndoles hacer
aún mejores instrumentos, los cuales habían desarrollado todavía más sus miembros y
cerebros. Era un proceso acelerador, acumulativo; y en su extremo estaba el Hombre.
El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que las
de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucho más
habilidad. Y en algún momento en los oscuros milenios pasados, habían inventado el
instrumento más especial de todos, aún cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían
aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el
conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente de modo que cada
época podía beneficiarse de las que la habían precedido.
A diferencia de los animales, que conocían sólo el presente, el hombre había adquirido
un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia un futuro.
Estaban también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza; con el dominio
del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás a sus
orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza fue sucedida
por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y ésta se transformaba en ciudad. El habla
se hizo eterno, g racias a ciertas marcas en piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la
filosofía y la religión. Y pobló el cielo, no del todo inexactamente, con dioses.
A medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se
hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido la
gama de cuanto podía atravesar y despedazar, y en tiempos muy tempranos había
aprendido como derribar a distancia a sus víctimas. La lanza, el arco, el fusil y el cañón y
finalmente el proyectil guiado, le habían procurado armas de infinito alcance y casi infinita
potencia.
Sin esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el
Hombre no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su
alma, y durante eras le habían servido muy bien.
Mas ahora, mientras existían, estaban viviendo con el tiempo prestado.



II ­ T.M.A UNO



7 ­ Vuelo espacial


No importa cuantas veces dejara uno la Tierra -se dijo el doctor Heywood Floyd -, la
excitación no se paliaba realmente nunca. Había estado una vez en Marte, tres en la
Luna, y más de las que podía recordar en las varias estaciones espaciales. Sin embargo,
al aproximarse el momento del despegue, tenía conciencia de una creciente tensión, una
sensación de sorpresa y temor -sí, y de nerviosismo- que le situaba al mismo nivel de
cualquier bobalicón terrestre a punto de recibir su primer bautismo del espacio.

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