Al llegar a la orilla opuesta, Una-Oreja se mantenía aún en su terreno. Quizá era
demasiado valiente o demasiado estúpido para correr; o acaso no podía creer realmente
que estaba sucediendo aquel ultraje.
Cobarde o héroe, al fin y al cabo no supuso diferencia alguna cuando el helado rugido
de la muerte se abatió sobre su roma cabeza.
Chillando de pavor, los Otros de desperdigaron por la maleza; pronto volverían, y no
tardarían en olvidar a su perdido caudillo.
Durante unos cuantos segundos Moon-Watcher permaneció indeciso ante su nueva
víctima, intentando comprender el nuevo y maravilloso hecho de que el leopardo muerto
pudiese matar de nuevo. Ahora él era el amo del mundo, y no estaba del todo seguro
sobre lo que hacer a continuación.
Mas ya pensaría en algo.



6 ­ La ascendencia del hombre


Un nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el
corazón del Africa. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido, entre los
prolíficos miles de millones de criaturas que vagaban por tierra y por mar. Hasta el
momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta sobrevivir; había
habido en este mundo tantas bestias más poderosas que desaparecieron, que su destino
pendía aun en la balanza.
En los cien mil años pasados desde que los cristales descendieron en Africa, los mono-
humanoide no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían
desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de hueso habían
aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra
las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los
carnívoros menores, en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a
veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.
Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no le eran
esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podían ser usadas para arrancar raíces, o
para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a reemplazarlos, con
inconmensurables consecuencias. Los mono-humanoide no se hallaban ya enfrentados a
la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más
toscos podrían añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y
dientes, comenzó a variar la forma de su cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada
la prominente mandíbula, y la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El
habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los
primeros pasos hacia ella.
Y seguidamente comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con
doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el globo las Eras Glaciales, dejando su
huella por doquiera. Allende los trópicos, los glaciares dieron buena cuenta de quienes
habían abandonado prematuramente su hogar ancestral; y, en todas partes, segaron
también a las criaturas que no podían adaptarse.
Una vez pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta...
incluyendo a los mono-humanoide. Pero, a diferencia de muchos otros, ellos habían
dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido, sino que habían sido

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