clavada la mirada arriba, en su dirección; le tuvieron tan hipnotizado por el pavor que
apenas se dio cuenta del listado y flexible cuerpo detrás de ellos, deslizándose suave y
silenciosamente de roca en roca. Nunca había trepado antes tan arriba el leopardo. Había
desechado las cuevas más bajas, aun cuando debió de haberse dado buena cuenta de
que estaban habitadas. Mas ahora iba tras otra caza, estaba siguiendo el rastro de
sangre, sobre la ladera del risco, bañada por la luna.
Segundos después, la noche se hizo espantosa con los chillidos de alarma de los
mono-humanoide. El leopardo lanzó un rugido de furia, como si se percatara de haber
perdido el elemento representado por la sorpresa. Pero no detuvo su avance, pues sabía
que no tenía nada que temer.
Alcanzó el borde, y descansó un momento en el exiguo espacio abierto. Por doquiera,
en derredor, flotaba el olor de sangre, llenando su cruel y reducida mente con irresistible
deseo. Y sin vacilación, penetró silenciosamente en la cueva.
Y con ello cometió su primer error, pues al moverse fuera de la luz de la luna, hasta sus
ojos soberbiamente adaptados a la noche quedaban en momentánea desventaja. Los
mono-humanoide podían verle, recortada en parte su silueta contra la abertura de la
cueva, con más claridad de la que podía él verles a ellos. Estaban aterrorizados, pero ya
no completamente desamparados.
Gruñendo y moviendo la cola con arrogante confianza, el leopardo avanzó en busca del
tierno alimento que ansiaba. De haber hallado su presa en el espacio abierto exterior, no
hubiese tenido ningún problema; pero ahora que los mono-humanoide estaban atrapados,
la desesperación les dio el valor necesario para intentar lo imposible.
Y por primera vez, disponían de medios para realizarlo.
El leopardo supo que algo andaba mal al sentir un aturdidor golpe en su cabeza.
Disparó su pata delantera, y oyó un chillido angustioso cuando sus garras laceraron carne
blanda. Luego sintió un taladrante dolor cuando alguien introdujo algo aguzado en sus
ijares... una, dos y por tercera vez aún. Giró en redondo y remolineó para alcanzar a las
sombras que chillaban y bailaban por todas partes.
De nuevo sintió un violento golpe a través del hocico, chasqueó los colmillos,
asestándolos contra una blanca mancha móvil... mas sólo para roer inútilmente un hueso
muerto. Y luego, en una final e increíble indignidad... se sintió tirado y arrastrado por la
cola.
Giró de nuevo en redondo, arrojando a su insensatamente osado atormentador contra
la pared de la cueva, pero hiciera lo que hiciese no podía eludir la lluvia de golpes que le
infligían unas toscas armas manejadas por torpes pero poderosas manos. Sus rugidos
pasaron de la gama del dolor al de la alarma, y de la alarma al franco terror. El implacable
cazador era ahora la víctima, y estaba intentando desesperadamente batirse en retirada.
Y entonces cometió su segundo error, pues en su sorpresa y espanto había olvidado
donde estaba. O quizás había sido cegado o aturdido por los golpes llovidos en su
cabeza; sea como fuere, salió disparado de la cueva.
Se escucho un horrible ulular cuando fue a caer en el vació. Oyóse el batacazo al
estrellarse contra una protuberancia de la parte media del risco; después, el único sonido
fue el deslizarse de piedras sueltas, que rápidamente se apagó en la noche.
Durante un rato, intoxicado por la victoria, Moon-Watcher permaneció danzando y
farfullando una jerigonza en la entrada de la cueva. Sentía hasta el fondo de su ser que
todo su mundo había cambiado y que él no era ya una impotente víctima de las fuerzas
que le rodeaban.

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