seguir la desviada senda por la que había venido. Con los instintos de tres millones de
años, percibía ahora que había más caminos que uno a la espalda del espacio. Los
antiguos mecanismos de la Puerta de las Estrellas le habían servido bien, pero no los
necesitaría de nuevo.
La resplandeciente forma rectangular que antes pareciera no más grande que una losa
de cristal, flotaba aún ante él, indiferente ante las llamas del infierno de abajo. Encerraba,
sin embargo, inescrutables secretos de espacio y tiempo, pero por lo menos él
comprendía algunos, y era capaz de mandar. "¡Cuán evidente -cuán necesaria- era
aquella relación matemática de sus lados, la serie cuadrática 1:4:9! ¡Y cuán ingenuo
haber imaginado que las series acababan en ese punto, en sólo tres dimensiones!"
Enfocó su mente sobre aquellas simplicidades geométricas, y al choque de sus
pensamientos, el vacío armazón se llenó con la oscuridad de la noche interestelar.
Desvanecióse el resplandor del rojo sol... o más bien, pareció desviarse de repente en
todas direcciones; y ante Bowman apareció el luminoso remolino de la Galaxia.
Podía haber sido algún bello e increíblemente detallado modelo, encajado en un bloque
de plástico. Pero era la realidad, apresada como conjunto con sus sentidos ahora mas
sutiles que la visión. De desearlo, podría enfocar su atención sobre cualquiera de sus cien
mil millones de estrellas; y podría hacer mucho más que eso.
Aquí estaba él, al garete en aquel gran río de soles, a medio camino entre los
contenidos incendios del núcleo galáctico y las solitarias y desperdigadas estrellas
centinelas del borde. Y aquí deseaba estar, en la parte más lejana de aquel abismo en el
firmamento, aquella serpentina banda de oscuridad vacía de toda estrella. Sabía que
aquel informe caos, visible sólo por el resplandor que dibujaba sus bordes desde las
ígneas brumas del más allá, era la materia no usada de la creación, la materia prima de
evoluciones que aún habrían de ser. Aquí, el tiempo no había comenzado; hasta que los
soles que ahora ardían estuvieran muertos, no remodelaría su vacío la luz y la vida.
Inconscientemente lo había atravesado él una vez; ahora debía atravesarlo de nuevo...
esta vez, por su propia voluntad. El pensamiento le llenó de súbito y glacial terror, al punto
de que por un momento estuvo totalmente desorientado, y su nueva visión del Universo
tembló y amenazó con hacerse añicos.
No era el miedo a los abismos Galácticos lo que helaba su alma, sino una más
profunda inquietud que brotaba desde el futuro aún por nacer. Pues él había dejado atrás
las escalas del tiempo de su origen humano; ahora mientras contemplaba aquella banda
de noche sin estrellas, conoció los primeros atisbos de la eternidad que ante él se abría.
Recordó luego que nunca estaría solo, y cesó lentamente su pánico. Se restauró en él
la nítida percepción del Universo... aunque no, lo sabía, del todo por sus propios
esfuerzos. Cuando necesitara guía en sus primeros y vacilantes pasos, allí estaría ella.
Confiado de nuevo, como un buceador de grandes profundidades que ha recuperado el
dominio de sus nervios y su ánimo, lanzóse a través de los años- luz. Estalló la Galaxia
del marco mental en que la había encerrado; estrellas y nebulosas se derramaron,
pasando ante él en ilusión de infinita velocidad. Soles fantasmales explotaron y quedaron
atrás, mientras él se deslizaba como una sombra a través de sus núcleos; la fría y oscura
inmensidad del polvo cósmico que antes tanto temiera, parecía sólo el batir de ala de un
cuervo a través de la cara del sol.
Las estrellas estaban diluyéndose, el resplandor de la Vía Láctea iba trocándose en
pálido resplandor de la magnificencia que él conociera... y que, cuando estuviera
dispuesto, volvería a conocer.

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