Había hecho pocos progresos, cuando fue distraído por otra clase de pensamiento.
Inmediatamente sobre la cama había el acostumbrado aparato, tipo hotel, de televisión;
había supuesto que, al igual que el teléfono y los libros, era imitado.
Pero el artefacto de control que se hallaba al lado de su muelle lecho tenía un aspecto
tan realista, que no resistió la tentación de manosearlo juguetonamente; y cuando sus
dedos tocaron el botón de encendido, la pantalla se iluminó.
Febrilmente, comenzó a pulsar al azar los botones de selección de canales, y casi al
instante apareció la primera imagen.
Era un conocidísimo comentador de noticias africano, discutiendo los intentos
efectuados para conservar los últimos restos de la fauna de su país. Bowman escuchó
durante breves segundos, tan cautivado por el sonido de una voz humana, que no le
importó lo más mínimo de qué estaba hablando.
Luego cambió sucesivamente de canales.
En los siguientes cinco minutos, contempló así una orquesta sinfónica ejecutando el
concierto para violín de Walton; un debate sobre el triste estado del auténtico teatro; un
informe sobre el modo de robar por medio de puertas secretas en casas de mal vivir, en
algún lenguaje oriental; un psicodrama; tres comentarios de noticias; un partido de fútbol;
una conferencia sobre geometría sólida (en ruso) y varias sintonías de transmisiones de
datos. Era, en efecto, una selección perfectamente normal de los programas mundiales de
televisión, y, aparte del beneficio psicológico que le proporcionó, le confirmó una
sospecha que ya había estado germinando en su mente.
Todos aquellos programas databan de hacía dos años. De alrededor de cuando fuera
descubierto T.M.A.-1; resultaba difícil creer que se tratara de una simple coincidencia.
Algo había estado captando las ondas de radio; aquel bloque de ébano había estado más
ocupado de lo que se había supuesto.
Continuó haciendo surgir imágenes, y de súbito reconoció una escena familiar. Allá
estaba su propia suite de hotel, ocupada por un célebre actor que estaba acusando
furiosamente a una amante infiel. Bowman dirigió una mirada de reconocimiento a la sala
que acababa de abandonar... y cuando la cámara siguió a la indignante pareja hacia el
dormitorio, miró involuntariamente a la puerta, para ver si alguien estaba entrando.
Así era, pues, como había sido preparada para él aquella zona de recepción; sus
huéspedes había basado sus ideas de la vida terrestre en los programas de televisión. Su
sensación de hallarse en el escenario de una película era casi literalmente verdadera.
Por el momento había sabido cuanto deseaba, y apagó el aparato. "¿Qué haré
ahora?", se preguntó, entrelazando sus dedos detrás de su cabeza y con la mirada fija en
la vacía pantalla.
Estaba física y emocionalmente agotado, y, sin embargo, le parecía imposible que
pudiera dormir en tan fantásticos aledaños, y más lejos de la Tierra de lo que cualquier
hombre lo hubiera estado en toda la historia. Pero el cómodo lecho, y la instintiva
sabiduría del cuerpo, conspiraron juntos contra su voluntad.
Tanteó en busca del conmutador de la luz, y la habitación se sumió en la oscuridad. Y
en pocos segundos, pasó más allá del alcance de los sueños.
Así, por última vez, David Bowman durmió.



45 ­ Recapitulación

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