alimento natural; el frigorífico había sido surtido con artículos sometidos ya a un proceso y
empaquetados o enlatados.
Bowman tomó una caja de cartón de un familiar cereal para el desayuno, pensando al
hacerlo que era bien raro que se le mantuviera helado. Pero en el momento en que alzó el
paquete, conoció a buen seguro que no contenía copos de avena; era demasiado pesado.
Lo abrió y examinó el contenido, que era una sustancia azul ligeramente húmeda del
peso y contextura de un budín. Aparte de su raro color, tenía un aspecto muy apetitoso.
"Pero esto es ridículo -se dijo Bowman-. Estoy casi seguro de que me vigilan, y debo
parecer un idiota llevando este traje. Si ésta es alguna prueba de inteligencia,
probablemente he fracasado ya." Y sin más vacilación, se fue al dormitorio y comenzó a
soltar el sujetador de su casco. Una vez suelto, alzó el casco una fracción de centímetro y
olisqueó cautelosamente. Tanto como podía decirlo, estaba respirando aire perfectamente
normal.
Se quitó todo el casco, lo arrojó sobre el lecho, y comenzó agradecidamente -y más
bien premiosamente- a quitarse su traje. Una vez hubo acabado, se estiró, hizo unas
cuantas aspiraciones profundas y colgó el traje entre las prendas de vestir más
convencionales del ropero. Aparecía más bien raro, allí, pero el espíritu de aseo y
pulcritud que Bowman compartía con todos los astronautas, jamás le habría permitido
dejarlo en cualquier otra parte.
Fue luego prestamente a la cocina, y comenzó a inspeccionar atentamente la caja de
"cereal".
El budín azul tenía un ligero olor a especias, algo así como macarrones. Bowman lo
sopesó, rompió un trozo de él y lo olisqueó cautelosamente. Aunque estaba seguro de
que no habría ningún intento deliberado de envenenarle, siempre cabía la posibilidad de
errores... especialmente en materia tan compleja como la bioquímica.
Mordió un poco del trozo, lo masticó luego y lo tragó después; era excelente, aunque
su sabor era tan fugaz como para resultar indescriptible. Si cerraba los ojos, podía
imaginar que era carne, o pan integral, o hasta fruta seca. A menos que se produjeran
efectos posteriores, no había de temer la muerte por inanición.
Una vez que había comido algunos bocados de aquella sustancia y se sintió satisfecho,
buscó algo que beber. Había media docena de latas de cerveza -de famosa marca
también- en el fondo del frigorífico, y tomó una, abriéndola.
Pero la lata no contenía cerveza; con gran desilusion de Bowman, encerraba más del
alimento azul.
En pocos segundos abrió una docena de los paquetes y latas. Su contenido era el
mismo a pesar de sus variadas etiquetas; al parecer su dieta iba a ser un tanto monótona,
y no tendría más que agua por bebida. Lleno un vaso del grifo del fregadero, y bebió.
A las primeras gotas escupió el líquido; su sabor era terrible. Luego algo avergonzado
de su primitiva reacción, se obligó a beber el resto.
Aquel primer sorbo le había bastado para identificar el líquido. Su sabor era terrible
debido a que no tenía ninguno: el grifo suministraba agua pura destilada. Sus
desconocidos huéspedes evidentemente no incurrían en riesgos sobre su salud.
Sintiéndose muy refrescado, tomó luego una rápida ducha. No había jabón, lo cual era
otro pequeño engorro, pero sí un eficiente secador de aire caliente en el cual se demoró,
regodeándose un rato antes de coger unos calzoncillos, una camiseta y la bata del ropero.
Seguidamente, se tendió en la cama, clavó la mirada en el techo, e intentó dar un sentido
a aquella fantástica situación.

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