Como un hombre en trance, caminó lentamente desde la desnuda y desamueblada
parte de la habitación hacia la suite. La cual no desapareció -como casi lo había
esperado- al aproximarse él, sino que permaneció perfectamente real... y al parecer
perfectamente sólida.
Se detuvo al lado de la mesa de café. En ella había un convencional imagen- fono
sistema Bell, junto con la guía local. Se inclinó y tomó ésta con sus torpes manos
enguantadas.
Portaba el nombre Washington D.C. en la familiar tipografía que había visto miles de
veces.
Miró luego más atentamente y por primera vez tuvo la prueba objetiva de que, aún
cuando todo aquello podía ser real, no estaba en la Tierra.
Sólo pudo leer la palabra Washington, el resto de la impresión era borrosa, como si
hubiese sido copiado de la fotografía de un periódico. Abrió la guía al azar y hojeó las
páginas. Eran todas de un terso material blanco que no era precisamente papel, aunque
se le parecía mucho... y no estaban impresas.
Alzó el receptor telefónico y lo apretó contra el plástico de su traje, de haber habido un
sonido de marcaje, lo podría haber oído a través del material conductor. Pero, tal como lo
había esperado, allí sólo había silencio.
Así pues... todo ello era un fraude, aunque fantásticamente realizado. Y, claramente, no
estaba destinado a engañar sino más bien -lo esperaba- a tranquilizar. Este era un
pensamiento muy consolador; sin embargo no se quitaría el traje hasta haber completado
su recorrido de exploración.
Todo el mobiliario parecía bueno y bastante sólido; probó las sillas, que soportaron su
peso. Pero los cajones del escritorio no se abrieron, eran ficticios.
Así lo eran también los libros y revistas; al igual que la guía telefónica, sólo eran
legibles los títulos. Formaban una rara selección... la mayoría best-sellers más bien
inútiles, unas cuantas obras sensacionalistas y algunas autobiografías muy vendidas. No
había nada que tuviese menos de tres años de antigüedad, y poco de cualquier contenido
intelectual. No es que ello importase, pero los libros no podían siquiera sacarse de los
estantes.
Había dos puertas que se abrían con bastante facilidad. La primera le dio paso a un
dormitorio pequeño pero acogedor, compuesto por una cama, escritorio, dos sillas,
interruptores de luz que funcionaban realmente, y un ropero. Abrió éste y se vio
contemplando cuatro trajes, una bata, una docena de camisas blancas, y varios juegos de
ropa interior, todo ello bien dispuesto en colgadores y compartimientos. Tomó uno de los
trajes y lo examinó cuidadosamente. Por lo que podía juzgar con sus manos
enguantadas, estaba confeccionado con un material que era más bien piel que lana.
También estaba un poco pasado de moda, en la Tierra, nadie llevaba trajes de pechera
simple por lo menos desde hacía cuatro años.
Anexo al dormitorio se hallaba un cuarto de baño completo, con todos sus dispositivos,
los cuales vio con alivio que no eran ficticios, sino que funcionaban perfectamente. Y
después había una cocinita, con hornillo eléctrico, frigorífico, alacenas, cubiertos,
fregadero, mesa y sillas. Bowman comenzó a explorarla no sólo con curiosidad sino con
creciente hambre.
Abrió primero el frigorífico y brotó de él una oleada de fría niebla. Sus estantes estaban
bien provistos con paquetes y latas de conservas, todo perfectamente familiar a la
distancia, aunque de cerca sus etiquetas estaban borrosas e ilegibles. Sin embargo, había
una notable ausencia de huevos, mantequilla, leche, carne, frutas o cualquier otro

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