río; pues, como fuese, los Otros habían sobrevivido, negándose tercamente a morir de
inanición.
El problema del leopardo fue resuelto en parte por casualidad, y en parte por un serio -
n verdad- y casi fatal error cometido por Moon-Watcher. Sin embargo, por entonces le
había parecido su idea tan brillante que hasta había bailado de alegría, y quizás apenas
podía censurársele por no prever las consecuencias.
La tribu experimentó aún ocasionales días malos, si bien no amenazaran ya su propia
supervivencia. Un día, hacia el anochecer, no habían cobrado ninguna pieza; las cuevas
hogareñas estaban ya a la vista, cuando Moon-Watcher conducía a sus cansados y
mohínos compañeros a recogerse en ellas. Y de pronto en el mismo umbral, toparon con
uno de los raros regalos de la Naturaleza.
Un antílope adulto yacía junto a la vereda. Tenía rota una pata delantera, pero el
animal conservaba aún mucha de su fuerza combativa, y los chacales merodeadores se
mantenían a respetuosa distancia de los cuernos aguzados como puñales. Podían
permitirse esperar; sabían que tenían sólo que armarse de paciencia.
Pero habían olvidado la competencia, y se retiraron con coléricos gruñidos a la llegada
de los mono-humanoide. Estos trazaron también un círculo cauteloso manteniéndose
fuera del alcance de aquellas peligrosas astas; y seguidamente pasaron al ataque con
mazos y piedras.
No fue un ataque muy efectivo o coordinado, para cuando la desdichada bestia hubo
exhalado su último aliento, la claridad casi se había ido... y los chacales estaban
recuperando su valor. Moon-Watcher, escindido entre el miedo y el hambre se dio
lentamente cuenta de que todo aquel esfuerzo podía haber sido en vano. Era demasiado
peligroso quedarse allí por más tiempo.
Mas de pronto, y no por primera o última vez, demostró ser un genio. Con inmenso
esfuerzo de imaginación, se representó al antílope muerto... en la seguridad de su propia
cueva. Y al punto comenzó a arrastrarlo hacia la cara del risco; los demás comprendieron
sus intenciones, y comenzaron a ayudarle.
De haber sabido él lo difícil que resultaría la tarea, no la habría intentado. Sólo su gran
fuerza, y la agilidad heredada de sus arbóreos antepasados, le permitieron subir el cuerpo
por el empinado declive. Varias veces, y llorando por la frustración, abandono casi su
presa, pero le siguió impulsando una obstinación casi tan profundamente arraigada como
su hambre. A veces le ayudaban los demás, y a veces le estorbaban; lo más a menudo
simplemente le seguían. Pero finalmente se logró; el baqueteado antílope fue arrastrado
al borde de la cueva cuando los últimos resplandores de la luz del sol se borraban en el
firmamento; y el festín comenzó.
Horas después, ahíto mas que harto se despertó Moon-Watcher. Y sin saber por que
se incorporó quedando sentado en la oscuridad entre los desparramados cuerpos de sus
igualmente ahítos compañeros, y tendió su oído a la noche.
No se oía sonido alguno, excepto el pesado respirar en derredor suyo; el mundo
parecía dormido. Las rocas, más allá de la boca de la cueva, aparecían pálidas como
huesos a la brillante luz de la luna, que estaba ya muy alta. Cualquier pensamiento de
peligro parecía infinitamente remoto.
De pronto, desde mucha distancia, llegó el sonido de un guijarro al caer. Temeroso,
aunque curioso Moon-Watcher se arrastró al borde de la cueva, y escudriño la cara del
risco.
Lo que vio le dejo tan paralizado por el espanto que durante largos segundos fue
incapaz de moverse. A sólo siete metros más abajo, dos relucientes ojos dorados tenían

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