después se produjo el más suave de los topetazos al posarse la sobre alguna superficie
dura.
¿Para descansar en qué?, se preguntó incrédulamente Bowman. Hízose de nuevo la
luz y la incredulidad dio paso a una descorazonadora desesperación, pues al ver lo que le
rodeaba supo de debía de estar loco.
Estaba preparado, pensaba, para cualquier portento. La única cosa que nunca hubiera
esperado era el máximo y cabal lugar común.
La cápsula espacial estaba descansando sobre el pulido piso de una elegante y
anónima suite de hotel, que bien podría haberse hallado en cualquier gran ciudad de la
Tierra. Y él miraba fijamente a una gran sala de estar con una mesa de café, un diván,
una docena de sillas, un escritorio, varias lámparas, una librería semillena y con algunas
revistas, y hasta un jarrón con flores. El puente de Arlés de Van Gogh colgaba en una
pared..., el mundo de Cristina de Weyth, en otra, estaba seguro que cuando abriese el
cajón central del escritorio hallaría una Biblia en su interior...
Si realmente estaba loco, sus fantasías estaban maravillosamente organizadas. Todo
era perfectamente real; nada desapareció cuando volvió la espalda. El único elemento
incongruente en la escena -y ciertamente el mayor- era la propia cápsula espacial.
Durante prolongados minutos, Bowman no se movió de su asiento. Había esperado a
medias que la visión que le rodeaba desapareciera, mas permaneció tan sólida como
cualquier otra cosa que hubiera visto en su vida.
Era real, o... bien una quimera de los sentidos, pero tan bien ideada, que no había
medio alguno de distinguirla de la realidad. Quizá se trataba de alguna clase de prueba;
de ser así, no sólo su destino, sino el de la raza humana, podía depender de sus acciones
en los próximos minutos.
Podía quedarse sentado y esperar que sucediera algo, o bien podía abrir la cápsula y
enfrentarse a la realidad de la escena que le rodeaba. El piso parecía ser sólido; al menos
soportaba el peso de la cápsula espacial. No era probable que se hundiese en él... fuese
lo que realmente fuese.
Pero quedaba todavía la cuestión del aire; por todo lo que podía decir, aquella estancia
podía estar en el vacío, o bien podía contener una atmósfera ponzoñosa. Lo consideró
muy improbable -nadie se tomaría toda aquella molestia sin ocuparse de un detalle tan
esencial- pero no se proponía, por su parte, correr riesgos innecesarios. En todo caso,
sus años de entrenamiento le hicieron cauteloso a la contaminación; sentía repugnancia a
exponerse a un ambiente desconocido, hasta que vio que no quedaba otra alternativa.
Aquel lugar tenía el aspecto la habitación de cualquier hotel de los Estados Unidos. Ello
no cambiaba el hecho de que en realidad de debía hallarse a cientos de años- luz del
Sistema Solar.
Cerró el casco de su traje, se embutió en éste, y pulsó el botón de la escotilla de la
cápsula espacial. Hubo un ligero silbido al igualar las presiones, y acto seguido salió a la
estancia.
Por lo que podía decir, se encontraba en un campo gravitatorio completamente normal.
Levantó un brazo, y lo dejó caer luego libremente. En menos de un segundo quedó
pendiente de su costado.
Esto lo hacía parecer todo doblemente irreal. Allí estaba él, llevando un traje espacial,
de pie -cuando debía de estar flotando- al exterior de un vehículo que sólo podía funcionar
como era debido en ausencia de gravedad. Todos sus normales reflejos de astronauta
estaban subvertidos; tenía que pensar antes de hacer cada movimiento.

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