Quizá fueran sólo nubes de plasma, poseyendo estabilidad temporal por alguna
singular combinación de fuerzas naturales, como las efímeras esferas o bolas de fuego
que aún desconcertaban a los científicos terrestres. Esta era una fácil, y quizá
consoladora, explicación; pero al mirar Bowman abajo, hacia aquel vasto torrente estelar,
no pudo realmente creerlo. Aquellos relucientes nódulos de luz sabían donde se dirigían;
estaban convergiendo deliberadamente hacia el pilar de fuego elevado por la Enana
Blanca al orbitar cerca del astro central.
Bowman clavó la mirada nuevamente en aquella columna ascendente, que se movía
ahora a lo largo del horizonte, bajo la minúscula y maciza estrella que la gobernaba.
¿Podía ser pura imaginación.. o había allí retazos de luminosidad más brillante trepando
por aquel enorme géiser de gas, como si miríadas de centelleantes chispas se hubiesen
combinado en continentes enteros de fosforescencia?
La idea sobrepasaba casi la fantasía, pero quizá estaba contemplando nada menos
que una migración de estrella a estrella, a través de un puente de fuego. Si se trataba de
un movimiento de irracionales bestias cósmicas conducidas a través del espacio por algún
perentorio apremio, o un vasto concurso de entes dotados de inteligencia, eso no lo
sabría probablemente jamás.
Estaba moviéndose a través de un nuevo orden de creación, con el cual pocos
hombres soñaron siquiera. Más allá de los reinos del mar y la tierra y el aire y el espacio
se hallaba el reino del fuego, del cual él sólo había tenido el privilegio de tener un
vislumbre. Era demasiado esperar que también lo comprendiese.



44 ­ Recepción


La columna de fuego estaba moviéndose sobre el borde del sol, como una tormenta
que pasara más allá del horizonte, las escurridizas guedejas de luz no se movían ya a
través del paisaje estelar de rojizo resplandor, a miles de kilómetros más abajo. En el
interior de la cápsula espacial, protegido de un medio que podría aniquilarle en una
milésima de segundo, David Bowman esperó cualquier cosa que le hubiese sido
preparada.
La Enana Blanca estaba sumiéndose con rapidez a medida que discurría a lo largo de
su órbita; ahora tocó el horizonte, lo incendió, y desapareció. Un falso crepúsculo se
tendió sobre el infierno de abajo, y en el súbito cambio de iluminación, Bowman se dio
cuenta de que algo estaba aconteciendo en el espacio que le rodeaba.
El mundo del rojo sol pareció rielar, como si lo estuviera mirando a través de agua
corriente. Durante un momento se preguntó si sería algún efecto de refracción, causado
quizá por el paso de alguna insólita y violenta onda de choque a través de la torturada
atmósfera en la que estaba inmerso.
Iba atenuándose la luz, como si fuera a surgir un segundo crepúsculo.
Involuntariamente, Bowman miró hacia arriba, pero inmediatamente recordó
que allí la principal fuente de luz no era el firmamento, sino el resplandeciente mundo
de abajo.
Parecía como si paredes de algún material como cristal ahumado estuvieran
espesándose en torno suyo, interceptando el rojo fulgor y oscureciendo la vista. Todo se
hizo más y más oscuro; el débil bramido de los huracanes estelares se desvaneció
también. La cápsula espacial estaba flotando en el silencio, y en la noche. Un momento

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