había sentido nada. Si se habían tomado tanto cuidado en preservarle, había aún margen
para la esperanza.
La cápsula espacial estaba moviéndose ahora a lo largo de un somero arco casi
paralelo a la superficie de la estrella, pero descendiendo lentamente hacia ella. Y ahora,
por primera vez, Bowman percibió sonidos. Era como un débil y constante bramido,
interrumpido de cuando en cuando por crujidos como los del papel al rasgarse o
chasquidos de relámpagos lejanos. Ello podía ser tan sólo débiles ecos de una
inimaginable cacofonía; la atmósfera que le rodeaba debía estar rasgada por impactos
que podían reducir a átomos a cualquier objeto material. Sin embargo, é estaba protegido
l
de aquel restellante y quebrador tumulto, tan eficazmente como del calor. Aunque
montañas ígneas de miles de kilómetros de altura se alzaban y se derrumbaban en su
derredor, estaba completamente aislado de toda esa violencia. Las energías de la estrella
pasaban delirantes ante él, como si estuvieran en otro universo; la cápsula se movía
sosegadamente, como atravesándolas sin verse zarandeada ni achicharrada.
Los ojos de Bowman, ya no desesperadamente confusos por la grandeza y la
maravillosa extrañeza de la escena, comenzaron a captar detalles que debían de haber
estado allí antes, pero que sin embargo no había percibido. La superficie de aquella
estrella no era un informe caos; había forma allí, como en todo lo que crea la naturaleza.
Reparó primero en los pequeños remolinos de gas -probablemente no mayores que
Asia o Africa- que vagaban sobre la superficie de la estrella. A veces podía mirar
directamente al interior de uno de ellos, viendo regiones más oscuras y frías. Cosa
bastante curiosa, parecía no haber manchas; éstas quizás eran una dolencia peculiar de
la estrella que alumbraba a la Tierra.
Y había nubes ocasionales, como penachos de humo barridos por un vendaval. Quizá
fuera humo realmente, pues aquel sol era tan frío que podía existir en él un fuego
auténtico. Podían quemarse componentes químicos y tener una vida de pocos segundos,
antes de que fueran barridos por la rabiosa violencia nuclear que les rodeaba.
El horizonte se estaba abrillantando, trocando su color rojo sombrío en un amarillo,
luego en un azul y después en un intenso y clareante violeta. La Enana Blanca estaba
alzándose sobre el horizonte, arrastrando consigo su marea estelar.
Bowman se protegió los ojos con las manos ante el intolerable fulgor del pequeño sol, y
enfocó el revuelto paisaje estelar, cuyo campo gravitatorio aspiraba hacia el firmamento.
En una ocasión había visto una tromba atravesando el Caribe; esta llameante torre tenía
casi la misma forma. Sólo la escala era ligeramente diferente, pues en su base la columna
era probablemente mas vasta que el planeta Tierra, y luego, inmediatamente bajo él,
Bowman reparó en algo que era seguramente nuevo, puesto que difícilmente pudo
haberlo omitido antes, de haber estado allí. Moviéndose a través del océano de gas
incandescente, había miríadas de brillantes burbujas que relucían con perlada luz,
apareciendo y desapareciendo en un período de breves segundos. Y todas ellas se
movían también
en la misma dirección, como salmones corriente arriba; a veces oscilaban atrás y
adelante de forma que se entrelazaban sus trayectorias, pero no se tocaban en ningún
momento.
Había miles de ellas, y cuanto más las contemplaba Bowman, más se convencía que
su movimiento tenía un propósito. Estaban demasiado lejos de él como para descubrir
detalles de su estructura; mas el que pudiera simplemente verlas en aquel colosal
panorama, suponía que tenían que tener un diámetro de docenas -y quizá de centenares-
de kilómetros. Si eran seres organizados, ciertamente eran leviatanes, construidos a la
escala del mundo que habitaban.

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