facetas, afilados lápices, ovoides, discos. Aquel debía ser uno de los puntos de reunión
para el comercio interestelar.
O lo había sido... quizás hacía un millón de años. Pues Bowman no pudo apreciar en
ninguna parte señal alguna de actividad; aquel extensísimo aeropuerto espacial estaba
tan muerto como la Luna.
Lo sabía no sólo por la ausencia de movimiento, sino por signos inconfundibles como
eran los grandes boquetes abiertos en la metálica tela de araña, semejantes a
aguijonazos de asteroides que la hubieran traspasado hacía siglos. Aquel no era ya un
lugar de aparcamiento, sino un cementerio de chatarra cósmica.
Sus constructores habían muerto hacía siglos, y al percatarse de ello, Bowman sintió
que se le encogía el corazón. Aunque no sabía que era lo que había que esperar, cuando
menos si había creído poder hallar alguna inteligencia en las estrellas. Mas al parecer,
había llegado demasiado tarde. Había caído en una trampa antigua y automática,
colocada con algún propósito desconocido, y que seguía funcionando mucho después de
que sus constructores desaparecieran. Ella le había hecho atravesar la Galaxia y lo había
echado - ¿con cuántos otros?-, a aquel celeste mar de los Sargazos, condenándole a
morir muy pronto, cuando se le agotara el aire.
Bien, era irrazonable esperar más. Había visto ya maravillas por cuya contemplación
habrían sacrificado sus vidas muchos hombres. Pensó en sus compañeros muertos; él no
tenía motivo alguno de queja.
Luego vio que el abandonado aeropuerto espacial estaba deslizándose aún ante él a
velocidad no disminuida. Pasaron entonces los suburbios, y luego su mellado borde, que
no eclipsaba ya parcialmente a las estrellas. Y en pocos minutos, todo quedó atrás.
Su destino no estaba allí... sino más adelante, en el inmenso sol carmesí hacia el cual
estaba yendo ahora, inconfundiblemente, la cápsula espacial.



43 ­ Infierno


Ahora existía sólo el rojo sol, llenando el firmamento de uno a otro confín. Estaba tan
próximo, que su superficie no se hallaba ya helada en la inmovilidad por la pura escala.
Nódulos luminosos se movían de un lado a otro, ciclones de gas ascendían y descendían,
y protuberancias volaban lentamente hacia los cielos. ¿Lentamente? Debían estar
elevándose a un millón de kilómetros por hora, para que su movimiento fuese visible a sus
ojos...
Ni siquiera intentó tomar la escala del infierno hacia el cual estaba descendiendo. Las
inmensidades de Saturno y Júpiter le habían destrozado, durante el vuelo de la Discovery
por aquel sistema solar a millones de kilómetros de distancia. Pero todo cuanto aquí veía
era cien veces más grande, y no podía sino aceptar las imágenes que estaban inundando
su mente, sin intentar interpretarlas.
Con aquel mar de fuego expandiéndose debajo de él, Bowman debiera de haber tenido
miedo... pero, harto singularmente, sólo sentía una ligera aprensión. No era que su mente
estuviera pasmada ante aquellas maravillas, la lógica le decía que seguramente debía
hallarse bajo la protección de alguna inteligencia controladora y casi omnipotente. Estaba
ahora tan próximo al rojo sol, que hubiese ardido en un instante, de no hallarse protegido
de su radiación por alguna pantalla invisible. Y durante su viaje, había estado sometido a
aceleraciones que le debieron haber triturado instantáneamente... y, sin embargo, no

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