La cápsula había dejado de girar, el gran sol rojo se hallaba directamente enfrente de
ella. Aunque no había sensación alguna de movimiento, Bowman sabía que estaba aún
bajo el poder de una fuerza que lo había llevado allí desde Saturno. Toda la habilidad y
pericia ingenieril de la Tierra parecía ahora desoladoramente primitiva ante los poderes
que le estaban llevando ante un inimaginable sino.
Miró con fijeza al firmamento de enfrente, intentando descubrir la meta a la que estaba
siendo llevado... quizás algún planeta en órbita alrededor de aquel gran sol. Mas no había
nada allí que mostrase cualquier disco visible o una excepcional brillantez; si había
planetas en órbita no podía distinguirlos sobre el fondo estelar.
Diose cuenta de pronto que algo raro estaba sucediendo en el mismo borde del disco
solar carmesí. Había aparecido allí un blanco fulgor, cuyo brillo aumentaba rápidamente,
se preguntó si estaba viendo una de aquellas súbitas explosiones o fogonazos, que
perturban a la mayoría de las estrellas de vez en cuando.
La luz se hizo más brillante y azul, comenzando a esparcirse a lo largo del borde del
sol, cuyas tonalidades rojo sangre palidecieron rápidamente por el contraste. Era casi, se
dijo Bowman, sonriendo ante lo absurdo del pensamiento, como si estuviera
contemplando alzarse el sol... en un sol.
Y así era, en verdad. Sobre el inflamado horizonte se alzaba algo no más grande que
una estrella, pero tan brillante que el ojo no podía soportarlo. Un simple punto de
radiación blanquiazul, como la de un arco voltaico, estaba moviéndose a gran velocidad a
través de la cara del gran sol. Debía de hallarse muy próximo a su gigantesco compañero,
pues inmediatamente debajo de él, arrastrado hacia arriba por su tirón gravitatorio se
alzaba una columna ígnea de miles de kilómetros de altura. Era como si la ola de una
marea de fuego discurriese constante a lo largo del ecuador de aquella estrella, en vana
persecución de la extraña aparición que cruzaba a gran velocidad por su firmamento.
Aquella cabeza de alfiler de incandescencia debía ser una Enana Blanca... una de
aquellas extrañas y fogosas estrellitas no mayores que la Tierra, pero que tenían un millón
de veces su masa. No eran raras tan mal aparejadas parejas estelares, pero Bowman no
soñó siquiera jamás que un buen día estaría contemplando un par de ellas con sus
propios ojos.
La Enana Blanca había cruzado casi la mitad del disco de su compañera -debía
necesitar sólo minutos para describir una órbita completa-, cuando Bowman estuvo por fin
seguro que también él estaba moviéndose. Frente a él, una de las estrellas estaba
tornándose más brillante con rapidez, y comenzaba a derivar contra su fondo. Debía ser
algún cuerpo pequeño y redondo..., quizás el mundo hacia el cual estaba viajando él
ahora.
Llegó a él con insospechada velocidad; y vio que no era ningún mundo en absoluto.
Una telaraña o celosía de metal de resplandor opaco, de cientos de kilómetros de
extensión, surgía de la nada hasta llenar el firmamento. Desperdigadas a través de su
superficie, vasta como un continente, había estructuras grandes como ciudades, pero que
tenían el aspecto de máquinas. En torno a muchas de ellas había reunidas docenas de
objetos más pequeños, alineados en pulcras hileras y columnas. Bowman pasó ante
varios de tales grupos antes de darse cuenta que eran flotas de astronaves; estaba
volando sobre un gigantesco aparcamiento orbital.
Debido a que no había objetos familiares por los cuales pudiera estimar la escala de
aquella escena rutilante, le resultaba casi imposible calcular el tamaño de las naves
suspendidas allá en el espacio. Pero desde luego, eran enormes, debiendo tener algunas
de ellas varios kilómetros de longitud. Eran de diversas formas... esferas, cristales con

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