Sin embargo, él podía aún pensar, y hasta observar cómo las paredes de ébano se
deslizaban a una velocidad que podía haber sido entre cero y un millón de veces la de la
luz. Como fuera, no se sintió sorprendido ni alarmado en lo más mínimo. Por el contrario,
experimentó una sensación de tranquila expectativa, tal como la conociera cuando los
médicos del espacio lo probaron con drogas alucinógenas. El mundo que le rodeaba era
extraordinario y maravilloso, mas no había en él nada que temer. Había viajado aquellos
millones de kilómetros en busca de misterio; y ahora, al parecer, el misterio estaba yendo
a él.
El rectángulo de enfrente se estaba haciendo más luminoso, y los regueros de las
estrellas palidecían contra un firmamento lechoso, cuya brillantez aumentaba a cada
momento. Parecía como si la cápsula espacial se dirigiera a un banco de nubes,
uniformemente iluminado por los rayos de un sol invisible.
Estaba emergiendo del túnel. El distante extremo, que hasta entonces había
permanecido a aquella misma distancia indeterminada, ni aproximándose ni alejándose,
había comenzado de súbito a obedecer las leyes normales de la perspectiva. Estaba
haciéndose más próximo y ensanchándose constantemente ante él. Al mismo tiempo,
sintió que estaba moviéndose hacia arriba, y por un fugaz instante se preguntó si no
habría caído a través de Japeto y estaría ahora ascendiendo del otro lado. Mas aún antes
de que la cápsula espacial se remontara al claro, supo que aquel lugar no tenía nada que
ver con Japeto, o con cualquier mundo al alcance de la experiencia del hombre.
No había allí atmósfera, pues podía ver todos los detalles sin empañamiento, nítidos
hasta un horizonte increíblemente remoto y liso. Debía hallarse sobre un mundo de
enorme tamaño... quizá mucho más grande que la Tierra. Sin embargo, a pesar de su
extensión, toda la superficie que podía ver Bowman estaba cubierta por formas
evidentemente artificiales que debían de tener kilómetros de lado. Era como el
rompecabezas de un gigante que jugara con planetas; y en los centros de muchos de
aquellos cuadrados, triángulos y polígonos, había las bocas de pozos negros... gemelos
de la sima de la que acababa de emerger.
Sin embargo, el firmamento de encima era aún más extraño -y a su modo de ver, más
inquietante- que la improbable tierra que había bajo él. Pues no tenía ninguna estrella, ni
tampoco la negrura del espacio. Presentaba sólo una lechosidad de suave resplandor,
que producía la impresión de infinita distancia. Bowman recordó una descripción que
oyera de la tremenda lividez del Antártico: "Es como estar dentro de una pelota de ping-
pong." Aquellas palabras podían ser perfectamente aplicadas a aquel fantasmal paraje,
pero la explicación debía ser del todo diferente. Aquel firmamento no podía ser el efecto
meteorológico de la niebla y la nieve; aquí había un perfecto vacío.
Luego, al irse acostumbrando los ojos de Bowman al nacarado resplandor que llenaba
los cielos, se dio cuenta de otro detalle. El firmamento no se hallaba, como lo creyera a la
primera ojeada, completamente vacío. Sobre su cabeza, inmóviles y formando dibujos al
parecer casuales, había miríadas de minúsculas motitas negras.
Resultaba difícil verlas, pues eran simples puntos de oscuridad, pero una vez
detectadas eran inconfundibles. A Bowman le recordaron algo... algo tan familiar, aunque
tan insensato, que rehusó aceptar el paralelismo, hasta que la lógica le obligó a ello.
Aquellos blancos boquetitos en el negro firmamento eran estrellas; podía haber estado
contemplando un negativo de la Vía Láctea.
¿Dónde estoy, en nombre de Dios?, se preguntó Bowman; y hasta al hacerse la
pregunta, tuvo la seguridad de que jamás podría conocer la r espuesta. Parecía como si el
espacio se hubiera vuelto de dentro a afuera: aquel no era lugar para el hombre. Aunque
en el interior de la cápsula hacía un calor confortable, sintió frío de súbito, y fue atacado

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