mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el
sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí
venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro,
le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera
que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces,
estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo
que en él hay, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y
sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la
cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales
hasta hoy día me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me
curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las
roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía: "¿Que
te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud", y otros donaires que a mi
gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a
pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar del; mas no lo
hice tan presto por hacello más a mi salvo y provecho. Y aunque yo quisiera
asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el
mal ciego dende allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería,
dándome coxcorrones y repelándome. Y si alguno le decía por que me trataba tan
mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:
"¿Pensareis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio
ensayara otra tal hazaña."
Santiguándose los que lo oían, decían: "¡Mira, quién pensara de un muchacho tan
pequeño tal ruindad!", y reían mucho el artificio, y decíanle: "Castigaldo, castigaldo,
que de Dios lo habréis."
Y él con aquello nunca otra cosa hacía. Y en esto yo siempre le llevaba por los
peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño: si había piedras, por ellas, si
lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame a mí de
quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo
alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y
pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no
hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el sentido y el
grandísimo entendimiento del traidor.
Y porque vea V.M. a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un
caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a
entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a
tierra de Toledo, porque decía ser la gente mas rica, aunque no muy limosnera.
Arrimábase a este refrán: "Más da el duro que el desnudo." Y venimos a este



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