poco más de una hora no quedó bula en las alforjas, y fue necesario ir a la posada
por más.
Acabados de tomar todos, dijo mi amo desde el púlpito a su escribano y al del
concejo que se levantasen y, para que se supiese quien eran los que habían de
gozar de la santa indulgencia y perdones de la santa bula y para que él diese
buena cuenta a quien le había enviado, se escribiesen. Y así luego todos de muy
buena voluntad decían las que habían tomado, contando por orden los hijos y
criados y defuntos. Hecho su inventario, pidió a los alcaldes que por caridad,
porque el tenía que hacer en otra parte, mandasen al escribano le diese autoridad
del inventario y memoria de las que allí quedaban, que, según decía el escribano,
eran mas de dos mil. Hecho esto, él se despedió con mucha paz y amor, y ansí
nos partimos deste lugar; y aun, antes que nos partiésemos, fue preguntado él por
el teniente cura del lugar y por los regidores si la bula aprovechaba para las
criaturas que estaban en el vientre de sus madres, a lo cual él respondió que
según las letras que él había estudiado que no, que lo fuesen a preguntar a los
doctores mas antiguos que él, y que esto era lo que sentía en este negocio.
E ansí nos partimos, yendo todos muy alegres del buen negocio.
Decía mi amo al alguacil y escribano:
"¿Que os parece, como a estos villanos, que con solo decir ¡Cristianos viejos
somos!, sin hacer obras de caridad, se piensan salvar sin poner nada de su
hacienda? Pues, por vida del licenciado Pascasio Gómez, que a su costa se
saquen más de diez cautivos."
Y ansí nos fuimos hasta otro lugar de aquel cabo de Toledo, hacia la Mancha, que
se dice, adonde topamos otros más obstinados en tomar bulas. Hechas mi amo y
los demás que íbamos nuestras diligencias, en dos fiestas que allí estuvimos no
se habían echado treinta bulas. Visto por mi amo la gran perdición y la mucha
costa que traía, (y) el ardideza que el sotil de mi amo tuvo para hacer despender
sus bulas, fue que este día dijo la misa mayor, y después de acabado el sermón y
vuelto al altar, tomó una cruz que traía de poco más de un palmo, y en un brasero
de lumbre que encima del altar había, el cual habían traído para calentarse las
manos porque hacía gran frío, púsole detrás del misal sin que nadie mirase en
ello, y allí sin decir nada puso la cruz encima la lumbre. Y, ya que hubo acabado la
misa y echada la bendición, tomóla con un pañizuelo, bien envuelta la cruz en la
mano derecha y en la otra la bula, y ansí se bajó hasta la postrera grada del altar,
adonde hizo que besaba la cruz, e hizo señal que viniesen adorar la cruz.
Y ansí vinieron los alcaldes los primeros y los más ancianos del lugar, viniendo
uno a uno como se usa. Y el primero que llego, que era un alcalde viejo, aunque él
le dio a besar la cruz bien delicadamente, se abrasó los rostros y se quitó presto
afuera. Lo cual visto por mi amo, le dijo:
"¡Paso, quedo, señor alcalde! ¡Milagro!"
Y ansí hicieron otros siete o ocho, y a todos les decía:
"¡Paso, señores! ¡Milagro!"



38

38