muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese
y confesase sus pecados.
Y esto hecho, mandó traer la bula y púsosela en la cabeza; y luego el pecador del
alguacil comenzó poco a poco a estar mejor y tornar en sí. Y desque fue bien
vuelto en su acuerdo, echóse a los pies del señor comisario y demandóle perdón,
y confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por
hacer a él daño y vengarse del enojo, lo otro y mas principal, porque el demonio
recibía mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo
le perdonó, y fueron hechas las amistades entre ellos; y a tomar la bula hubo tanta
priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella: marido y mujer, e
hijos e hijas, mozos y mozas.
Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos, y cuando a ellos
llegábamos, no era menester sermón ni ir a la iglesia, que a la posada la venían a
tomar como si fueran peras que se dieran de balde. De manera que en diez o doce
lugares de aquellos alderredores donde fuimos, echó el señor mi amo otras tantas
mil bulas sin predicar sermón.
Cuando él hizo el ensayo, confieso mi pecado que también fui dello espantado y
creí que ansí era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi
amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conocí como había sido
industriado por el industrioso e inventivo de mi amo.
{Acaeciónos en otro lugar, el cual no quiero nombrar por su honra, lo siguiente; y
fue que mi amo predicó dos o tres sermones y do a Dios la bula tomaban. Visto
por el asunto de mi amo lo que pasaba y que, aunque decía se fiaban por un año,
no aprovechaba y que estaban tan rebeldes en tomarla y que su trabajo era
perdido, hizo tocar las campanas para despedirse. Y hecho su sermón y
despedido desde el púlpito, ya que se quería abajar, llamó al escribano y a mí, que
iba cargado con unas alforjas, e hízonos llegar al primer escalón, y tomó al alguacil
las que en las manos llevaba y las que no tenía en las alforjas, púsolas junto a sus
pies, y tornóse a poner en el púlpito con cara alegre y arrojar desde allí de diez en
diez y de veinte en veinte de sus bulas hacia todas partes, diciendo:
"Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras
casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los captivos cristianos
que están en tierra de moros. Porque no renieguen nuestra santa fe y vayan a las
penas del infierno, siquiera ayudadles con vuestra limosna y con cinco
paternostres y cinco avemarías, para que salgan de cautiverio. Y aun también
aprovechan para los padres y hermanos y deudos que tenéis en el Purgatorio,
como lo veréis en esta santa bula."
Como el pueblo las vio ansí arrojar, como cosa que se daba de balde y ser venida
de la mano de Dios, tomaban a más tomar, aun para los niños de la cuna y para
todos sus defuntos, contando desde los hijos hasta el menor criado que tenían,
contándolos por los dedos. Vímonos en tanta priesa, que a mi aínas me acabaran
de romper un pobre y viejo sayo que traía, de manera que certifico a V.M. que en



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