Apenas había acabado su oración el devoto señor mío, cuando el negro alguacil
cae de su estado y da tan gran golpe en el suelo que la iglesia toda hizo resonar, y
comenzó a bramar y echar espumajos por la boca y torcella, y hacer visajes con el
gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquel suelo a una parte y a otra.
El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos a otros.
Algunos estaban espantados y temerosos. Unos decían:
"El Señor le socorra y valga."
Otros:
"Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio."
Finalmente, algunos que allí estaban, y a mi parecer no sin harto temor, se
llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas a los que
cerca dél estaban. Otros le tiraban por las piernas y tuvieron reciamente, porque no
había mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase. Y así le tuvieron un gran
rato, porque más de quince hombres estaban sobre él, y a todos daba las manos
llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.
A todo esto, el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos
puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces
que en la iglesia había no eran parte para apartalle de su divina contemplación.
Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le
suplicaron quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase
a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya dellos tenía el pago; mas si en
algo podría aprovechar para librarle del peligro y pasión que padecía, por amor de
Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad
suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.
El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueno, los miró y miró al
delincuente y a todos los que alderredor estaban, y muy pausadamente les dijo:
"Buenos hombres, vosotros nunca habíades de rogar por un hombre en quien Dios
tan señaladamente se ha señalado; mas pues é nos manda que no volvamos mal
por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla
lo que nos manda, y Su Majestad perdone a este que le ofendió poniendo en su
santa fe obstáculo. Vamos todos a suplicalle."
Y así bajó del púlpito y encomendó a que muy devotamente suplicasen a Nuestro
Señor tuviese por bien de perdonar a aquel pecador, y volverle en su salud y sano
juicio, y lanzar dél el demonio, si Su Majestad había permitido que por su gran
pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar con los
clérigos comenzaban a cantar con voz baja una letanía. Y viniendo él con la cruz y
agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las
manos al cielo y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco,
comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la
gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio
devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su
vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la



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