enojado; y después que los huéspedes y vecinos le hubieron rogado que perdiese
el enojo y se fuese a dormir, se fue. Y así nos echamos todos.
La mañana venida, mi amo se fue a la iglesia y mando tañer a misa y al sermón
para despedir la bula. Y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las
bulas, diciendo como eran falsas y que el mesmo alguacil riñendo lo había
descubierto; de manera que tras que tenían mala gana de tomalla, con aquello de
todo la aborrecieron.
El señor comisario se subió al púlpito y comienza su sermón, y a animar la gente a
que no quedasen sin tanto bien e indulgencia como la santa bula traía. Estando en
lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, desque hizo
oración, levantóse y con voz alta y pausada cuerdamente comenzó a decir:
"Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien quisiéredes. Yo
vine aquí con este echacuervo que os predica, el cual engaño y dijo que le
favoreciese en este negocio y que partiríamos la ganancia. Y agora, visto el daño
que haría a mi conciencia y a vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho, os
declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creáis ni las
toméis, y que yo directe ni indirecte no soy parte en ellas, y que desde agora dejo
la vara y doy con ella en el suelo; y si algún tiempo este fuere castigado por la
falsedad, que vosotros me seáis testigos como yo no soy con él ni le doy a ello
ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad."
Y acabo su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban se
quisieron levantar y echar el alguacil fuera de la iglesia, por evitar escándalo. Mas
mi amo les fue a la mano y mandó a todos que so pena de excomunión no le
estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y ansí, el también tuvo
silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.
Como calló, mi amo le preguntó, si quería decir más, que lo dijese. El alguacil dijo:
"Harto hay más que decir de vos y de vuestra falsedad, mas por agora basta."
El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito y, puestas las manos y
mirando al cielo, dijo ansí:
"Señor Dios, a quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y a
quien nada es imposible, antes todo posible, tú sabes la verdad y cuan
injustamente yo soy afrentado. En lo que a mí toca, yo lo perdono porque tú, Señor,
me perdones. No mires a aquel que no sabe lo que hace ni dice; mas la injuria a ti
hecha, te suplico, y por justicia te pido, no disimules; porque alguno que está aquí,
que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, dando crédito a las falsas
palabras de aquel hombre, lo dejara de hacer. Y pues es tanto perjuicio del
prójimo, te suplico yo, Señor, no lo disimules, mas luego muestra aquí milagro, y
sea desta manera: que si es verdad lo que aquél dice y que traigo maldad y
falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra, do
él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo y aquel, persuadido del
demonio, por quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice
maldad, también sea castigado y de todos conocida su malicia."



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