Vista mi inocencia, dejáronme, dándome por libre. Y el alguacil y el escribano
piden al hombre y a la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y
ruido, porque ellos alegaron no ser obligados a pagar, pues no había de qué ni se
hacía el embargo. Los otros decían que habían dejado de ir a otro negocio que les
importaba más por venir a aquel. Finalmente, después de dadas muchas voces, al
cabo carga un porquerón con el viejo alfamar de la vieja, aunque no iba muy
cargado. Allá van todos cinco dando voces. No sé en que paró. Creo yo que el
pecador alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había
de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin
dicha, pues, señalándose todo lo que podría contra mí, hacía mis negocios tan al
revés, que los amos, que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese ansí,
mas que mi amo me dejase y huyese de mí.




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