fueron doce o trece reales. Y él les dio muy buena respuesta: que saldría a la plaza
a trocar una pieza de a dos, y que a la tarde volviese. Mas su salida fue sin vuelta.
Por manera que a la tarde ellos volvieron, mas fue tarde. Yo les dije que aun no
era venido. Venida la noche, y él no, yo hube miedo de quedar en casa solo, y
fuime a las vecinas y contéles el caso, y allí dormí. Venida la mañana, los
acreedores vuelven y preguntan por el vecino, mas a estotra puerta. Las mujeres le
responden: "Veis aquí su mozo y la llave de la puerta."
Ellos me preguntaron por él y díjele que no sabía adónde estaba y que tampoco
había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que pensaba que de mí y
de ellos se había ido con el trueco. De que esto me oyeron, van por un alguacil y
un escribano. Y helos do vuelven luego con ellos, y toman la llave, y llámanme, y
llaman testigos, y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo
hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa y halláronla
desembarazada, como he contado, y dícenme:
"¿Qué es de la hacienda de tu amo, sus arcas y paños de pared y alhajas de
casa?"
"No sé yo eso", le respondí.
"Sin duda -dicen ellos- esta noche lo deben de haber alzado y llevado a alguna
parte. Señor alguacil, prended a este mozo, que él sabe dónde está."
En esto vino el alguacil, y echome mano por el collar del jubón, diciendo:
"Mochacho, tú eres preso si no descubres los bienes deste tu amo."
Yo, como en otra tal no me hubiese visto -porque asido del collar, si, había sido
muchas e infinitas veces, mas era mansamente dél trabado, para que mostrase el
camino al que no vía- yo hube mucho miedo, y llorando prometíle de decir lo que
preguntaban.
"Bien está -dicen ellos-, pues di todo lo que sabes, y no hayas temor."
Sentóse el escribano en un poyo para escrebir el inventario, preguntándome qué
tenía.
"Señores -dije yo-, lo que este mi amo tiene, según el me dijo, es un muy buen
solar de casas y un palomar derribado."
"Bien está -dicen ellos-. Por poco que eso valga, hay para nos entregar de la
deuda. ¿Y a qué parte de la ciudad tiene eso?", me preguntaron.
"En su tierra", respondí.
"Por Dios, que esta bueno el negocio -dijeron ellos-. ¿Y adónde es su tierra?"
"De Castilla la Vieja me dijo él que era", le dije yo.
Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo:
"Bastante relación es esta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor fuese."
Las vecinas, que estaban presentes, dijeron:
"Señores, este es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese escudero, y
no sabe dél más que vuestras merecedes, sino cuanto el pecadorcico se llega
aquí a nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y a
las noches se iba a dormir con él."



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