buscando mejoría, viniese a topar con quien no solo no me mantuviese, mas a
quien yo había de mantener.
Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había
lástima que enemistad; y muchas veces, por llevar a la posada con que el lo
pasase, yo lo pasaba mal. Porque una mañana, levantándose el triste en camisa,
subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres, y en tanto yo, por salir de
sospecha, desenvolvile el jubón y las calzas que a la cabecera dejo, y hallé una
bolsilla de terciopelo raso hecho cien dobleces y sin maldita la blanca ni señal que
la hobiese tenido mucho tiempo.
"Este -decía yo- es pobre y nadie da lo que no tiene. Mas el avariento ciego y el
malaventurado mezquino clérigo que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano
besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre, aquellos es justo
desamar y aqueste de haber mancilla."
Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso
y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que aquel le vi sufrir; al cual con
toda su pobreza holgaría de servir más que a los otros por lo que he dicho. Solo
tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo me no tuviera tanta presunción,
mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad. Mas,
según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada; aunque no haya
cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya
con este mal han de morir.
Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna,
que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa
vivienda no dur ase. Y fue, como el año en esta tierra fuese estéril de pan,
acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres estranjeros se fuesen de la
ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y
así, ejecutando la ley, desde a cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una
procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles, lo cual me puso tan gran
espanto, que nunca ose desmandarme a demandar.
Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de
los moradores, tanto que nos acaeció estar dos o tres días sin comer bocado, ni
hablaba palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón,
que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y
conocimiento; que de la lacería que les traían me daban alguna cosilla, con la cual
muy pasado me pasaba.
Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días
maldito el bocado que comió. A lo menos, en casa bien lo estuvimos sin comer.
No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. !Y velle venir a mediodía la calle
abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca
a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en
casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían,
quejándose todavía de aquel mal solar diciendo:



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