"Agora pues, come, pecador. Que, si a Dios place, presto nos veremos sin
necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entre, nunca bien me ha
ido. Debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los
que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser sin dubda de ellas; mas yo
te prometo, acabado el mes, no quede en ella aunque me la den por mía."
Sentéme al cabo del poyo y, porque no me tuviese por glotón, calle la merienda; y
comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al
desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella sazón
servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo
que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si
sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido,
temía me no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase
a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor
aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.
Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque, como comencé a
comer y él se andaba paseando llegóse a mi y díjome:
"Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y
que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana aunque no la tenga."
"La muy buena que tú tienes -dije yo entre mí- te hace parecer la mía hermosa."
Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y
dijele:
"Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo y esta uña
de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su
sabor."
"¿Una de vaca es?"
"Sí, señor."
"Dígote que es el mejor bocado del mundo, que no hay faisán que ansí me sepa."
"Pues pruebe, señor, y verá qué tal está."
Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco y
asentóseme al lado, y comienza a comer como aquel que lo había gana, royendo
cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
"Con almodrote -decía- es este singular manjar."
"Con mejor salsa lo comes tú", respondí yo paso.
"Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado."
"¡Ansí me vengan los buenos años como es ello!" -dije yo entre mí.
Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que, pues no le
faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy
contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada.
Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el
pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar aire por las
calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo. Contemplaba yo muchas
veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido y



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