temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y
razonables cámaras.
Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si tenía las
manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo
que allí estaba, la puso en él. Y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome
muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad; y yo le di
más larga cuenta que quisiera, porque me parecía más conveniente hora de
mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo que me pedía. Con todo eso,
yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y
callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara.
Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos y
no le ver mas aliento de comer que a un muerto. Después desto, consideraba
aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva
persona por la casa. Todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella
silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras: finalmente,
ella parecía casa encantada. Estando así, díjome:"Tú, mozo, ¿has comido?"
"No, señor -dije yo-, que aun no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced
encontré."
"Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando ansí como algo, hágote
saber que hasta la noche me estoy ansí. Por eso, pásate como pudieres, que
después cenaremos.
Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado,
no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa.
Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se
me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del
clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía
con otro peor: finalmente, allí llore mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte
venidera. Y con todo, disimulando lo mejor que pude:
"Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me
podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado
della fasta hoy día de los amos que yo he tenido."
"Virtud es esa -dijo él- y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los
puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien."
"¡Bien te he entendido! -dije yo entre mí- ¡maldita tanta medicina y bondad como
aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!"
Púseme a un cabo del portal y saque unos pedazos de pan del seno, que me
habían quedado de los de por Dios. Él, que vio esto, díjome:
"Ven acá, mozo. ¿Qué comes?"
Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo, de tres que eran el
mejor y más grande, y díjome:
"Por mi vida, que parece este buen pan."
"¡Y cómo! ¿Agora -dije yo-, señor, es bueno?"
"Sí, a fe -dijo él-. ¿Adonde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?"


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