manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó y creyó sin duda ser el silbo de la
culebra; y cierto lo debía parecer.
Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra
se llegó a mi con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se
vio, pensó que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mío se había venido.
Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la
matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin
ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.
Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el
fiero golpe, contaba el que se había llegado a mí y dándome grandes voces,
llamándome, procuro recordarme. Mas como me tocase con las manos, tentó la
mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho, y con mucha
priesa fue a buscar lumbre. Y llegando con ella, hallome quejando, todavía con mi
llave en la boca, que nunca la desampare, la mitad fuera, bien de aquella manera
que debía estar al tiempo que silbaba con ella.
Espantado el matador de culebras que podría ser aquella llave, mirola,
sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de
la suya diferenciaba. Fue luego a proballa, y con ell a probo el maleficio. Debió de
decir el cruel cazador:
"El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado."
De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve
en el vientre de la ballena; mas de com o esto que he contado oí, después que en
mi torne, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.
A cabo de tres días yo torné en mi sentido y vine echado en mis pajas, la cabeza
toda emplastada y llena de aceites y ungüentos y, espantado, dije: "¿Que es esto?"
Respondióme el cruel sacerdote:
"A fe, que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado."
Y miré por mí, y víme tan maltratado que luego sospeché mi mal.
A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos, y comiénzanme a quitar
trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y como me hallaron vuelto en mi sentido,
holgáronse mucho y dijeron:
"Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada."
Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con
todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me
pudieron remediar. Y ansí, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve
sin peligro, mas no sin hambre, y medio sano.
Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme
la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:
Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no
quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido
mozo de ciego."
Y santiguándose de mí como si yo estuviera endemoniado, tornase a meter en
casa y cierra su puerta.


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