todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin
esto no perdonaba el ratonar del bodigo.
Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo
comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y
sacarlo de la ratonera, y no caer ni quedar dentro el ratón, y hallar caída la
trampilla del gato. Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía,
porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:
"En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y esta debe ser sin
dubda. Y lleva razón que, como es larga, tiene lugar de tomar el cebo; y aunque la
coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tornase a salir."
Cuadró a todos lo que aquel dijo, y alteró mucho a mi amo; y dende en adelante
no dormía tan a sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche
sonase, pensaba ser la culebra que le roía el arca. Luego era puesto en pie, y con
un garrote que a la cabacera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la
pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los
vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir. Íbase
a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se
envolvía en mis pajas o en mi sayo, porque le decían que de noche acaecía a
estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas y aun
mordellas y hacerles peligrar. Yo las más veces hacía dél dormido, y en las
mañanas decíame él:
"Esta noche, mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso
se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor."
"Plega a Dios que no me muerda -decía yo-, que harto miedo le tengo."
De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra
(o culebro, por mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de
día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar, hacia mis saltos: los cuales daños
viendo él y el poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo,
hecho trasgo.
Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo
de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca.
Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció
tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me
estorbasen el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el
maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me
buscaba muy a menudo. Pues ansí, como digo, metía cada noche la llave en la
boca, y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la
desdicha ha de venir, por demás es diligencia.
Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que una noche que estaba
durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera
y postura, que el aire y resoplo que yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la
llave, que de canuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal



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