tener en que dalle salto; y aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al
que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto,
con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan
aguda vista tuviese como él tenía. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca
en la concha caía que no era dél registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en
mis manos. Bailábanle los ojos en el caxco como si fueran de azogue. Cuantas
blancas ofrecían tenía por cuenta; y acabado el ofrecer, luego me quitaba la
concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el
tiempo que con el viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una
blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz
compasaba de tal forma que le turaba toda la semana, y por ocultar su gran
mezquindad decíame:
"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por
esto yo no me desmando como otros."
Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que
rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía mas que un saludador. Y porque
dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza
humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba
y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento
a los enfermos, especialmente la extrema unción, como manda el clérigo rezar a
los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y
buena voluntad rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido
fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo. Y cuando
alguno de estos escapaba, !Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo, y
el que se moría otras tantas bendiciones llevaba de mi dichas. Porque en todo el
tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas
fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi
recuesta; porque viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que
holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía,
remedio no hallaba, que si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había
muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cuotidiana hambre,
más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que
yo también para mí como para los otros deseaba algunas veces; mas no la vía,
aunque estaba siempre en mí.
Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo dejaba:
la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura
hambre me venía; y la otra, consideraba y decía:
"Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, tope
con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura. Pues si deste desisto y doy
en otro mas bajo, ¿que será sino fenecer?"
Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de
hallar mas ruines; y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.



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