asióme por la cabeza, y llegóse a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de
buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que
llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y
desatentadamente metía la nariz, la cual el tenía luenga y afilada, y a aquella
sazón con el enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me
llegó a la gulilla. Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del
tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estomago, y lo más
principal, con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome,
todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se
manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño: de manera que antes que el mal
ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estomago que le dio
con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un
tiempo salieron de mi boca.
¡Oh, gran Dios, quien estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba!
Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me
dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de
aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñazo el pescuezo y la
garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas
persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales
cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo
presente. Era la risa de todos tan grande que toda la gente que por la calle pasaba
entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis
hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía
sinjusticia en no se las reír.
Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice,
por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para
ello que la meitad del camino estaba andado; que con solo apretar los dientes se
me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor
mi estomago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la
demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.
Hicieronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para
beber le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el
mal ciego donaires, diciendo:
"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo
bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque
él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida."
Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con
vino luego sanaba.
"Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con
vino, que serás tu."
Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el
pronostico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo


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