Sus rodillas empezaron a temblar, sus plumas se combaron, y le zumbaron
los oídos.
¿Al Centro para deshonrarme? ¡Imposible! ¡El Descubrimiento! ¡No
entienden! ¡Están equivocados! ¡Están equivocados! -... por su irresponsabilidad
temeraria -entonó la voz solemne-, al violar la dignidad y la tradición de la Familia
de las Gaviotas... Ser centrado por deshonor significaba que le expulsarían de la
sociedad de las gaviotas, desterrado a una vida solitaria en los Lejanos
Acantilados.
-... algún día, Juan Salvador Gaviota, aprenderás que la irresponsabilidad se
paga.
La vida es lo desconocido y lo irreconocible, salvo que hemos nacido para
comer y vivir el mayor tiempo posible.
Una gaviota nunca replica al Consejo de la Bandada, pero la voz de Juan se
hizo oir: -¿Irresponsabilidad? ¡Hermanos míos! -gritó-.
¿Quién es más responsable que una gaviota que ha encontrado y que
persigue un significado, un fin más alto para la vida? ¡Durante mil años hemos
escarbado tras las cabezas de los peces, pero ahora tenemos una razón para
vivir; para aprender, para descubrir; para ser libres! Dadme una oportunidad,
dejadme que os muestre lo que he encontrado... La Bandada parecía de piedra.
-Se ha roto la Hermandad -entonaron juntas las gaviotas, y todas de acuerdo
cerraron solemnemente sus oídos y le dieron la espalda.
Juan Salvador Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más
allá de los Lejanos Acantilados.
Su único pesar no era su soledad, sino que las otras gaviotas se negasen a
creer en la gloria que les esperaba al volar; que se negasen a abrir sus ojos y a
ver.
Aprendía más cada día.
Aprendió que un picado aerodinámico a alta velocidad podía ayudarle a
encontrar aquel pez raro y sabroso que habitaba a tres metros bajo la superficie
del océano: ya no le hicieron falta pesqueros ni pan duro para sobrevivir.
Aprendió a dormir en el aire fijando una ruta durante la noche a través del

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