Durante la noche, el lugar para una gaviota es la playa y, desde ese
momento, se prometió ser una gaviota normal.
Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra, agradecido de lo
que habia aprendido sobre cómo volar a baja altura con el menor esfuerzo.
-Pero no -pensó-.
Ya he terminado con esta manera de ser, he terminado con todo lo que he
aprendido.
Soy una gaviota como cualquier otra gaviota, y volaré como tal.
Asi es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más fuerza
luchando por llegar a la orilla.
Se encontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de la
Bandada.
Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a aprender,
no habría más desafíos ni más fracasos.
Y le resultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia las luces
de la playa.
¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz.
¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! Juan no estaba alerta para
escuchar.
Es grato, pensó.
La Luna y las luces centelleando en el agua, trazando luminosos senderos en
la oscuridad, y todo tan pacífico y sereno... ¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca
vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras nacido para volar en la oscuridad, tendrías los
ojos de buho! ¡Tendrías por cerebro cartas de navegación! ¡Tendrias las alas
cortas de un halcón! Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan Salvador
Gaviota parpadeó.
Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron.
¡Alas cortas! ¡Las alas cortas de un halcón! ¡Esta es la solución! ¡Qué necio
he sido! ¡No necesito más que un ala muy pequeñita, no necesito más que doblar
la parte mayor de mis alas y volar sólo con los extremos! ¡Alas cortas! Subió a

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