el pico hacia abajo y las alas completamente extendidas y estables desde el
momento en que pasó los setenta kilómetros por hora.
Necesitó un esfuerzo tremendo, pero lo consiguió.
En diez segundos, volaba como una centella sobrepasando los ciento treinta
kilómetros por hora.
¡Juan había conseguido una marca mundial de velocidad para gaviotas! Pero
el triunfo duró poco.
En el instante en que empezó a salir del picado, en el instante en que cambió
el angulo de sus alas, se precipitó en el mismo terrible e incontrolado desastre de
antes y, a ciento treinta kilómetros por hora, el desenlace fue como un dinamitazo.
Juan Gaviota se desintegró y fue a estrellarse contra un mar duro como un
ladrillo.
Cuando recobró el sentido, era ya pasado el anochecer, y se halló a la luz de
la Luna y flotando en el océano.
Sus alas desgreñadas parecían lingotes de plomo, pero el fracaso le pesaba
aún más sobre la espalda.
Débilmente deseó que el peso fuera suficiente para arrastrarle al fondo, y así
terminar con todo.
A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó en su interior.
No hay forma de evitarlo.
Soy gaviota.
Soy limitado por la naturaleza.
Si estuviese destinado a aprender tanto sobre volar, tendría por cerebro
cartas de navegación.
Si estuviese destinado a volar a alta velocidad, tendría las alas cortas de un
halcón, y comería ratones en lugar de peces.
Mi padre tenía razón.
Tengo que olvidar estas tonterías.
Tengo que volar a casa, a la Bandada, y estar contento de ser como soy: una
pobre y limitada gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió.

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