pesqueros, lanzándose sobre un pedazo de pan y algún pez.
Pero no le dió resultado.
Es todo inútil, pensó, y deliberadamente dejó caer una anchoa duramente
disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le perseguía.
Podría estar empleando todo este tiempo en aprender a volar.
¡Hay tanto que aprender! No pasó mucho tiempo sin que Juan Salvador
Gaviota saliera solo de nuevo hacia alta mar, hambriento, feliz, aprendiendo.
El tema fue la velocidad, y en una semana de prácticas había aprendido más
acerca de la velocidad que la más veloz de las gaviotas.
A una altura de trescientos metros, aleteando con todas sus fuerzas, se metió
en un abrupto y flameante picado hacia las olas, y aprendió por qué las gaviotas
no hacen abruptos y flameantes picados.
En sólo seis segundos volo a cien kilómetros por hora, velocidad a la cual el
ala levantada empieza a ceder.
Una vez tras otra le sucedió lo mismo.
A pesar de todo su cuidado, trabajando al máximo de su habilidad, perdía el
control a alta velocidad.
Subía a trescientos metros.
Primero con todas sus fuerzas hacia arriba, luego inclinándose, hasta lograr
un picado vertical.
Entonces, cada vez que trataba de mantener alzada al máximo su ala
izquierda, giraba violentamente hacia ese lado, y al tratar de levantar su derecha
para equilibrarse, entraba, como un rayo, en una descontrolada barrena.
Tenía que ser mucho más cuidadoso al levantar esa ala.
Diez veces lo intentó, y las diez veces, al pasar a más de cien kilómetros por
hora, terminó en un montón de plumas descontroladas, estrellándose contra el
agua.
Empapado, pensó al fin que la clave debia ser mantener las alas quietas a
alta velocidad; aletear, se dijo, hasta setenta por hora, y entonces dejar las alas
quietas.
Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura, descendiendo en vertical,

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